ARTE

Bóveda gagá

Ana Vogelfang

Laura Ojeda Bär

Las paredes son lo que la piel al cuerpo. Ambas cumplen roles similares. Por un lado, protegen el volumen que recubren. Por otro, en su superficie se registra el contacto con el exterior: primero, el constante roce va dejando sus huellas por acciones físicas irremediables (cicatrices, arrugas, roturas, durezas); pero, a la vez, su decoración o intervención es también la manera que tenemos de comunicar quiénes somos a los demás en un golpe de vista (tatuajes, vestuario, colores, objetos colgantes). Así, por más capas de pintura blanca que cubran sus imperfecciones, la historia está indefectiblemente grabada en las paredes, en nuestras pieles.

Bóveda gagá, la ya finalizada muestra de Ana Vogelfang en el Centro Cultural Recoleta, nos invitaba a revisitar el pasado del lugar como si fuéramos gigantes. La exhibición, curada por Daniela Brunand y parte del ciclo Radar Artes Visuales, excavaba en la historia del lugar para condensarla en ocho piezas: trozos de edificación construidos con ladrillos en miniatura desarrollados por el artista, que eran a la vez protagonistas y soportes de pinturas murales realizadas sobre ellos.

La historia de este centro cultural es de las más largas de la ciudad de Buenos Aires. El edificio se inauguró por primera vez en 1732, funcionó como monasterio franciscano hasta 1822 y más tarde como asilo de mendigos y luego de ancianos hasta mediados del siglo pasado. Con el paso de las décadas, el barrio de la Recoleta fue mutando, y a partir de la década de 1960 la zona se había convertido ya en un polo gastronómico y la plaza, en hogar de la feria de artesanías dominical. Para 1979 se realizan nuevas modificaciones en el edificio, proyectadas por Clorindo Testa, Jacques Bedel y Luis Benedit. La función de centro cultural comienza en 1980, pero no es sino hasta 1990 cuando se lo designa como Centro Cultural Recoleta. Los volúmenes de la sala 7, objetos-imágenes sobre plataformas con ruedas, son una especie de dioramas dados vuelta sobre sí mismos. Las pinturas dialogan con los diferentes usos y estados que tuvo (o pudo haber tenido) el edificio donde ellas mismas fueron emplazadas.

Así, los fragmentos de murales a escala aludían al relato de este lugar en particular, pero también estaban anclados en imágenes propias de la historia del arte. Un par de pies de un monje. Un/a pintor/a con sus herramientas de trabajo. Parte del malón de Ángel della Valle, en clave remix. Un tigre y una bóveda dorada. Imágenes que achatan el tiempo mezclando pasado con presente. Casi oficiando de bienvenida, una columna cuyos pequeños ladrillos estaban descubiertos en sus cuatro lados construían y testificaban la violencia de la ruina. Porque la arqueología, incluso la ficticia, trata con lo que ya no es más. Con posibles historias pasadas y, sobre todo, finalizadas, fuera de nuestro alcance. El pasado es algo que se puede ver, pero no tocar. Podemos tocar y modificar sus rastros materiales, pero las acciones que los originaron existirán en nuestras cabezas para satisfacer nuestras fantasías e instintos voyeuristas.

Desde el ingreso a la sala, la mirada vagaba entre las paredes blancas del lugar y las maquetadas, que enseñaban sus secretos sin pudor. Uno no podía sino preguntarse acerca de la fascinación del arte contemporáneo con la estética de la ruina, con lo arqueológico. Tal vez este formato exprese cierta angustia de época por el colapso de los grandes relatos y la idea de “verdad”, y el surgir de la experiencia individual como única productora de sentido, capaz de hilar con fragmentos de otros sus historias y fantasías. O puede ser que construir directamente restos de cosas que no pasaron sea una manera de aceptar nuestra propia finitud.

Una vez más nos encontramos en la entrada, observando la exhibición. Y ahora podemos vislumbrar la bóveda del título: además de denominar una estructura arquitectónica, esta palabra define una habitación donde se (res)guardan objetos de gran valor. Vemos cómo los restos construidos por Vogelfang se convierten en testigos invaluables de pasados posibles del Centro Cultural. A ellos solo les importa su propia lógica y demarcan un “ring” donde convivir, dialogar y enfrentarse; ideas, imágenes, tiempos, sin jerarquías ni orden.

 

Ana Vogelfang, Bóveda gagá, curaduría de Daniela Brunand, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 11 de abril – 25 de junio de 2017.

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