ARTE

Condición y cabeza

Max Gómez Canle

Florencia Qualina

En 1715 Rosalba Carriera se retrató sobre un fondo que se vuelve opaco a medida que se aleja de su rostro, del nimbo amarillo pálido que rodea su cabeza. Lleva unos bucles sobrios y una flor cenicienta como único tocado. Tiene una mirada piadosa y se viste sin estridencia con una capa blanca tornasolada que culmina en unos volados azul marino. Con las manos sostiene el retrato de otra mujer y el pincel con el que está terminando la tarea. Max Gómez Canle toma esa pintura trescientos años después y pinta a “Rosalba”, la pintora del rococó veneciano. El peinado se vuelve más ornamental, transfigura la capa en un dorado refulgente que emula los pliegues de Bronzino o El Greco. Su escote toma un giro libertino y con sus dedos afilados sostiene una colorida pintura abstracta. Rosalba tiene el cuerpo cubierto de pelos.

“Sofonisba” clava sus ojos azules en la dimensión que se abre detrás del lienzo y lleva por gargantilla una serpiente multicolor. Tiene barba y bigotes, su piel está escondida debajo de un pelaje marrón tupido y sus cejas son una franja que le atraviesa la cara horizontalmente. La “Sofonisba con collar” es tan descendiente de Sofonisba Anguissola como de Ana Mendieta —en su serie Untitled (Facial Hair Transplants)— y de Frida Kahlo. El implante capilar que Gómez Canle ejecuta sobre sus retratados es —en ocasiones— la transformación que se dispara de femenino a masculino, y de allí a lo animal. No hay santo ni noble que salga ileso de la conversión en bestia.

En Condición y cabeza, Max Gómez Canle dispone un museo que se monta en el lenguaje del Renacimiento y el manierismo con sus códigos representativos anclados en dos de sus géneros distintivos: retrato e iconografía devocional cristiana. Es la exposición de una serie de métodos, donde el procedimiento más evidente es la cobertura pelo por pelo de todas las figuras humanas. En la exhibición se distinguen tres núcleos: uno de pinturas sobre óleo, otro de backlights que contienen calcos realizados con lápiz de grafito y una serie de dibujos sobre ediciones impresas de historia del arte. Las tres ramificaciones se irradian desde una geolocalización precisa: un territorio alejado del lugar donde viven las obras maestras de Rafael, Parmigianino, Durero. La distancia entre ambos puntos se abre como un prisma que se refracta en fascículos de la Pinacoteca de los Genios, Google, bibliotecas de láminas y enciclopedias. Condición y cabeza es la exposición de esa progenie nacida a través de filtros, impresiones monocromas y reproducciones en escalas caprichosas. Los peludos son una perversión de las imágenes canónicas de la historia del arte que podemos pensar en cierta analogía al modo en que Deleuze propuso su metabolización de la historia de la filosofía: “Me imaginaba acercándome a un autor por la espalda y dejándole embarazado de una criatura que, siendo suya, sería sin embargo monstruosa”. Para hacerlo, continúa Deleuze, “era necesario pasar por toda clase de descentramientos, deslizamientos, quebrantamientos y emisiones secretas”. Los personajes de Condición y cabeza pueden ser leídos entre esas líneas, que son las de otra historia de la cultura visual en los suburbios de Occidente, donde la Gioconda puede llevar una barba tan larga que se convierte en burka y a nadie le molesta.

 
Max Gómez Canle, Condición y cabeza, Fundación Federico Jorge Klemm, 3 de noviembre – 30 de diciembre de 2016.

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