ARTE

El corazón de un mundo

Constanza Giuliani

Andrés Aizicovich

Toda mitología necesita de una casa. El hogar es el puntapié hacia lo desconocido, la referencia a partir de la cual lo incógnito busca ser develado, el contramodelo para que aquello que está oculto adquiera entidad. El corazón de un mundo, de Constanza Giuliani, retuerce estas dimensiones hacia una mitología doméstica, de entrecasa. Adentro y afuera, categorías clásicas con las cuales se flexiona la relación entre la experiencia individual y el mundo, se entrelazan promiscuamente y gestan seres andróginos y espacios alterados. Criaturas amorfas de extremidades manieristas, cuerpos oblongos que parecen resultado de un ritual, chorizos abdominales y miembros intestinales y viscosos con forma de duodeno se apelmazan mullidamente unas encima de otras como si fueran de mazapán; se trata de escenas de cobijo familiar, padres e hijos se funden en asfixiantes lazos de amor y represión. Como en la memoria, como en los sueños, las escenas suceden en un clima de neblina etérea; las formas se vuelven empalagosas como merengues. Flotan lamparones brumosos de matices confitados, colores de impresora de chorro de tinta: amarillo vainilla, magenta chicle, cyan crema del cielo.

Concebidas durante una residencia que la artista realizó en Nueva York, las obras degluten y procesan dos tradiciones visuales que la cultura popular estadounidense legó durante el siglo XX: el cómic underground y el grafiti. Los recuadros irregulares en forma de viñeta, las deformaciones lisérgicas, el espíritu callejero de los grafismos en aerosol con la soltura con la que se blande un estilete, la urgencia y el apuro contrastan con los tiempos laxos propios del clima de introspección intimista. Es posible rastrear algunos de estos procedimientos en las pinturas rupestres; allí la sucesión de imágenes encadenaban una narrativa de protohistorieta y las paredes cavernosas eran la superficie para transmitir conjuros, cosmogonías y ritos de iniciación. El elemento disruptivo que contamina el relato son los smartphones que los seres manipulan con pericia, como si fueran prótesis o apéndices, extensiones de sus propios cuerpos. Las pantallas, del mismo modo que las viñetas, los marcos, los recuadros o las ventanas, son portales; entes que intermedian entre el interior y el exterior. Las criaturas de las pinturas de Giuliani son perversos polimorfos que aún no identifican ni disocian lo interno de lo externo y asimilan el placer toquetón de la pantalla táctil como si fuera una zona erógena. A la manera de los Hikkikomori (el fenómeno extendido en Japón de que los jóvenes se aíslan en sus casas y sólo interactúan con el afuera a través de las redes sociales), los personajes que habitan estas obras son ermitaños que pretenden volver al útero y que se alimentan umbilicalmente a través de los dispositivos móviles. De forma similar a la alegoría de la caverna de Platón, los personajes aceptan la realidad tal como les es presentada; sombras bailarinas proyectadas sobre las paredes de la cueva o máscaras deformadas en las imágenes manipuladas mediante filtros en Instagram.

Si el esquema tradicional del mito (desde La Odisea hasta Star Wars) implica que el héroe debe dejar la casa, lo ordinario, lo establecido, para vivenciar diversas aventuras y finalmente volver al hogar transformado, trayendo consigo el “elixir del conocimiento”, en El corazón de un mundo Constanza Giuliani se interroga sobre la actualidad de la distinción entre interior y exterior en un mundo en el que los gadgets son prolongaciones del cuerpo y la hiperaccesibilidad y las redes de información parecen cubrirlo todo.Y otra pregunta subyace tras esta: ¿qué sucederá cuando internet reemplace a los mitos como inconsciente colectivo?

 

Constanza Giuliani, El corazón de un mundo, Espacio Piedras, Buenos Aires, 14 de mayo – 14 de junio de 2016.

 

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