ARTE

Falklands Crush Saga

Lux Lindner

Leticia Obeid

Es el 24 de noviembre de 2015 y la Argentina se sacude de a poco el cansancio y la resaca de un largo año electoral, plagado de nudos argumentales dignos de alguna miniserie vertiginosa sobre política y espionaje. Abundaron los sobresaltos, las alianzas y traiciones y, por momentos, la sensación se pareció a la de estar mirando el Aleph que todo lo contiene, donde el tiempo se superpone y se condensa: gestos históricos, voces del pasado, imágenes de un futuro bífido, un rodete, una(s) mano cortada(s), un bigotito afeitado a último momento, rock importado de los noventa, canciones setentistas y hits del pop de los ochenta; cada tanto alguna estrofa de Discépolo, mechada; desarrollismo del original y una muestrita del nuevo, peronismos y radicalismos en todas sus versiones, y así podríamos seguir enumerando infinitamente.

La nueva muestra de Lux Lindner, Falklands Crush Saga (The Shakesperean Equatorials), hace juego con este momento cazando capas temporales como si fueran insectos pacientemente diseccionados, a golpe de lápiz de color, sobre la hoja de papel: comedias y tragedias de Shakespeare se van poblando de personajes argentinos, como el Niño Mierda, un Leopoldo Galtieri abstemio o el mismo artista, autorretratado en algún momento de su juventud con una leyenda que le hace un guiño a Sergio de Loof, homenajes a Man Ray y a Rodolfo Azaro, una animación en la que una máquina de la justicia recorre el planeta del Principito y unas Malvinas se vuelven el mero escenario de un solitario juego digital. Historia e imaginación futurista pierden sus límites en el dibujo preciso y vigoroso de Lindner, que maniobra puntos de vista en combinaciones surrealistas.

Se sabe que en los albores del Renacimiento, cuando se inventó el método de la perspectiva cónica, con la práctica se comprendió rápidamente que, para lograr un efecto más mimético, había que hacer ciertas correcciones en las proporciones exactas. El artista (o dibujante o arquitecto) tenía que valerse de su propia sensibilidad para mejorar esas construcciones y entrampar sutilmente al ojo inocente. La representación de Lux parece más cercana a ese primer momento protocientífico, previo al truco coqueto de lo verosímil, y en sus dibujos se mezclan libremente la perspectiva geométrica de un solo punto de fuga con la llamada perspectiva caballera, que se usa en el dibujo técnico —idioma que se habla con fluidez en el mundo Lindner— y que supo ser la norma en la representación medieval, uno de los berretines de nuestro artista, quien dice estar buscando el gótico rioplatense.

Por eso, cada nuevo objeto construido de esta manera parece responder a un decálogo estricto de reglas combinatorias y también a una búsqueda más reciente de mecanismos narrativos y performáticos, por lo cual sus figuras logran habitar un planeta donde las leyes de gravedad son diferentes y la materia se comporta de otra manera. Los seres de los dibujos de Lux miran a los terrícolas con cierta sorna porque han logrado cosas que nosotros, físicamente, aún no podemos hacer, como por ejemplo aprender de la Historia, entenderla, reescribirla.

El uso del espacio, el mural de la pared más alta, el enmarcado de los dibujos, las frases impresas en vigas y rincones, y una materialización en pequeña escala del Niño Mierda frente a una animación convierten esta muestra en un juguete perfecto, probablemente una de las muestras más representativas del universo del autor.

Lux Lindner, Falklands Crush Saga (The Shakesperean Equatorials), Nora Fisch galería, Buenos Aires, 20 de noviembre – 30 de diciembre de 2015.

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