ARTE

Glusberg

Federico Baeza

Su barbada figura se retuerce hasta lo indiscernible. Comienza a multiplicarse, vira hacia un naranja intenso mientras un naciente plano azul sideral lo acecha y hace implosionar toda la imagen en una trama caleidoscópica y titilante. Paralelamente, su voz monótona, burocrática, repasa una desabrida historia de la instalación local uniendo episodios tan disímiles como una gran concha nacarada de Claudia Aranovich o las informes pinturas-pancartas de Luis Felipe Noé. Al tiempo de detenerse en la pantalla, la escena casi induce a la náusea. Hoy la primera sala de la pequeña oficina céntrica de La Ene materializa aquella otra sala virtual del Museo Nacional de Bellas Artes con la que Jorge Glusberg, su director en los años noventa, soñó conquistar la nueva televisión por cable compitiendo con otro fanático de la Gesamtkunstwerk telemática, Federico Jorge Klemm.

Detrás de esa densa mata de pelos grises que el tiempo decoloró, se alojaron múltiples contorsiones biográficas sin solución de continuidad. Es difícil decir que hubo un solo Glusberg. Todavía de pantalones cortos, recolectó huesitos y piedras para improvisar un museo de geología en la terraza de su casa. Su interés por la arquitectura, pero especialmente por los negocios, lo llevó a convertirse en contratista en el rubro de la iluminación para clientes estatales y privados. A finales de los años setenta fundó el mítico Centro de Arte y Comunicación (CAyC) tomando la posta de la escena de avanzada neovanguardista que le estaba dejando el inminente cierre del Di Tella. Allí se convirtió en un activo traficante global del conceptualismo político latinoamericano y en un impulsor compulsivo de nuevos dispositivos de exhibición y editoriales. Justamente, uno de los episodios en los que se enfoca esta muestra es la aún recordada exposición Arte e ideología, CAyC al aire libre, de 1972. En la memoria del campo artístico vernáculo aún pervive la postal del horno de barro con el que Víctor Grippo y Jorge Gamarra sorprendieron con pan caliente a los transeúntes de la plaza Roberto Arlt, antes de que el episodio culminase en requisa policial. Para el 29 de abril, La Ene promete conjurar aquel suceso junto con nuevos artistas en la misma locación del centro porteño.

Avanzada la década del setenta, Glusberg negoció con la dictadura cívico-militar y amplió su esfera de influencia. Al llegar la democracia, no tuvo ningún empacho en dar por terminada su etapa conceptualista y entregarse al sensualismo de la transvanguardia sin tapujos. Simultáneamente, continuaba produciendo una proliferante cantidad de publicaciones que actualmente sólo pueden conseguirse en largas jornadas de procrastinación en Mercado Libre. Mientras tanto, se preparaba pacientemente para su siguiente gran salto: conquistar el mundo institucional del arte. Precisamente, uno de los materiales más auráticos de esta exposición es una serie de dibujos que Luis Benedit produjo para su libro Cool museums and hot museums de 1981. Estas ilustraciones muestran cómo el clásico pórtico museal deviene en una extraña caverna-útero que se cierne sobre el espectador. En las mismas páginas, Glusberg lidiaba con una farragosa jerga semiológica. Finalmente, la etapa de entronización en los noventa. Conquista el monolito color ladrillo del Museo Nacional de Bellas Artes, eclipsa su función de panteón para las quince familias ilustres porteñas y lo reconfigura como un gran display de densa exuberancia operacional dirigido a las multitudes. Con estricto personalismo y una agenda de contactos internacionalizada, su museo se convierte en un medio masivo a gran escala. Hace colocar parlantes en la vereda y somete a los peatones a extensas horas de música clásica amplificada. El ocaso de su gestión llegó entre sendas denuncias por incompatibilidad entre sus roles de funcionario y empresario en los albores del kirchnerismo.

El rompecabezas de su derrotero hoy puede cifrarse en una sola palabra: curaduría. La propuesta de La Ene es módica, pero apunta con la destreza suficiente para revelar una ausencia endémica. Se trata del vacío motorizado por la pereza de las instituciones de presupuestos más abultados para hacer visibles algunas imágenes autorreflexivas sobre el desarrollo del campo intelectual local. Sin ellas, los hijos de este medio, como los del Martín Fierro, parecen condenados a seguir vagando entre la ansiedad, la euforia y la resaca.

 

Glusberg, La Ene, Buenos Aires, desde el 10 de marzo de 2017.

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