CINE y TV

Gilliamismos

Terry Gilliam

Pablo S. Alonso

Al igual que sucedía con Orson Welles, Terry Gilliam es una figura con la que los ejecutivos de los estudios preferirían no lidiar. No necesariamente por ser box office poison —como se denomina en la industria a las figuras que cargan con el estigma de un fracaso asegurado en la taquilla—, sino por ese viejo problemita de pretender tener control creativo sobre sus films. Como también le sucedió a Welles, Gilliam (Mineápolis, 1940) tropezó varias veces con su plan de llevar el Quijote al cine. La diferencia es que él sigue trabajando en eso y ha vivido para contar de primera mano no sólo los avatares de ese proyecto —antes de su más reciente resurrección— sino de toda su obra y vida.

Porque lo que Gilliamismos ofrece —como cualquier buena biografía debería hacer— es la posibilidad de reconocer las claves de una obra en el crecimiento personal y profesional del autor. Así, hay que llegar casi a la mitad del libro para leer sobre el rol de Gilliam como animador —y ocasional actor y eventual codirector— de Monty Python. Gilliam ya había sido parte de un libro escrito con las memorias de sus integrantes supervivientes, The Pythons Autobiography by the Pythons, el Anthology de los Beatles de la comedia; algo que debería tener en cuenta todo el que se queje de que en Gillamismos hay relativamente poco de Python y bastante de los días de Gilliam en la preparatoria, los boy scouts o la revista satírica Help!, creada por Harvey Kurztman, el fundador de Mad.

Lo que Gilliam articula mediante su relato es que una infancia rural, la exposición a cómicos como Sid Caesar (cuando la TV era demasiado joven para poner trabas al talento puro, una libertad de la que luego disfrutarían los Python) y la Mad original, las revistas autoeditadas en la high school y el college, los campamentos boy scout con estrellas invitadas como Debbie Reynolds, el haber sido cheerleader y modelado ropa (!), las obras teatrales en las que se maquillaba copiando las técnicas de Lon Chaney, los grupos juveniles de la iglesia presbiteriana; todo termina decantando —de una forma u otra— en las animaciones del Flying Circus o en quien porta el cartel “Cineasta sin estudio. Familia que mantener. Dirigiré por comida” para promocionar la incómoda Tideland (estrenada acá sólo en el Bafici y en la que una niña ayuda a su padre —el Dude de Jeff Bridges de El gran Lebowski devenido en yonqui— a chutarse) porque la distribuidora tenía plata para limusinas pero no para publicidad.

Gilliamismos también muestra que en los sesenta Gilliam sabía estar en el lugar indicado con la gente indicada: cubre como fotógrafo la marcha a Washington de Martin Luther King, realiza fotonovelas para Help! protagonizadas por un pre-cine Woody Allen (o un pre-Python John Cleese), recorre Harlem con Robert Crumb, participa en Los Ángeles de los dos primeros discos de Frank Zappa y sus Mothers, vuelve a tomar fotos en Monterey Pop… como él mismo reconoce, su vida por entonces tenía algo de Zelig.

Lo más admirable de todo es que Gilliamismos (en una cuidada edición al castellano, excepto por deslices en la traducción, como cuando Spike Milligan es presentado como un film y no como uno de los más grandes comediantes) no sólo es un relato de Gilliam sobre sí mismo, sino una parte más de su obra: un libro-objeto que amalgama la biografía con el coffee table book, pletórico en material gráfico en su mayoría inédito, sátira autoinfligida y sentencias como esta: “Por temperamento, siempre he sido más proclive a admirar la sensata autosuficiencia del artesano que la caprichosa autocomplacencia del artista”.

 

Terry Gilliam, Gilliamismos. Memorias prepóstumas, traducción de Emilia García-Romeu, Malpaso, 2016, 297 págs.

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