DISCUSIÓN

A propósito de Jaime Durán Barba y su elogio a Hitler

Diego Peller

Recuerdo una contratapa de la revista Barcelona de hace unos años que me causó mucha gracia: la imagen tomaba como base una publicidad de Nike  en la que se veía a un gran deportista (Tiger Woods, Roger Federer, Manu Ginóbili) y algún lema exitista en la línea del clásico Just do it: “Un verdadero campeón siempre va para adelante hasta que consigue lo que se propone”, “Que nada se interponga entre tu meta y vos”. Todo el chiste consistía en reemplazar la imagen de Federer o Ginobili por la de Hitler. Así se ponía en evidencia que la lógica que valora, sin hacer referencia alguna al contenido de sus “proezas”, a los “grandes hombres” que se atreven a romper la barrera de la mediocridad y a dejar su marca (su record) en la historia de la humanidad, sirve tanto para Bolt y Kasparov como para San Martín, Stalin, el Che y Hitler. Y acaso la analogía políticos/genocidas/grandes deportistas no sea lo suficientemente inquietante, por lo que me permito ampliar la lista e incluir a Wittgenstein, Hegel, Marx, Sartre, Beckett.

Hace unas décadas, el Centro Editor de América Latina, uno de los proyectos editoriales más notables que existieron en la Argentina y al que nadie se atrevería a tachar de incorrección política, publicó una serie de fascículos titulados “Los hombres de la historia”. En la tapa, las palabras “LOS HOMBRES” figuraban en gran formato, y luego, más pequeñas, casi ilegibles, “de la historia”. ¿Quiénes eran esos Grandes Hombres (dignos del elogio de una izquierda intelectual que hacía en ese momento de “pequebú” una de sus injurias más dolorosas)? La lista es elocuente: Freud, Churchill, Hitler, Picasso, Ford, García Lorca, Calvino, Lenin, Robespierre, Dalí, Artigas, Van Gogh, Einstein, Gandhi, Lincoln. Todos ellos, de diferente modo, se destacaron –de manera “espectacular”, diría alguien– en la historia de la humanidad, aunque evidentemente sus méritos al respecto sean muy diversos. Pero, al menos en ese punto, son comparables. Esto puede incomodarnos, pero lo interesante es que nos dice algo sobre nuestro mundo y sobre las formas que tenemos de construir sentidos y valores en nuestra vida en común. No creo que tenga sentido afirmar que “esto es una barbaridad porque banaliza el exterminio nazi”, o que “pensar según esta lógica nos lleva a justificar a genocidas”. Afirmaciones como estas son tautológicas y puramente morales.

Sí me parece interesante señalar el punto en que la lógica según la cual Jaime Durán Barba, dentro de sus valores –¡que no comparto!– y con su vocabulario, dice “Hitler era un tipo espectacular”, y la lógica con la cual millones de personas todos los días siguen al detalle las hazañas de sus grandes deportistas, y la lógica según la cual nosotros, las personas cultas y progresistas, nos apasionamos por las “hazañas” de nuestros propios “héroes” (Foucault, Lacan, Adorno, Joyce, Warhol, Duchamp, Borges, Saer, Bolaño…) tienen un inquietante punto de convergencia: la valoración del genio, del talento, de las performances “espectaculares” por sobre las mediocres o normales, las existencias y los usos comunes del lenguaje, las opiniones  y los pensamientos poco sofisticados, las expresiones artísticas malogradas o logradas a medias. Nosotros también preferimos, por lo general, ocuparnos y hablar de personas y de obras “espectaculares” y no de gente común. En este sentido, veo algo interesante en lo que se viene llamando giro intimista o autobiográfico en las artes, la literatura y el pensamiento. No porque crea que necesariamente vayan a salir “grandes obras” de allí, sino justamente porque implica una transvaloración según la cual las obras comunes o mediocres también ganan derecho a la existencia y a la atención. Lo que señalaba la contratapa de Barcelona era, en definitiva, la hipocresía de alabar y promover las grandezas que nos gustan, pero negarles ese carácter a aquellas que nos desagradan o nos causan horror. La pregunta incómoda es: ¿estamos dispuestos a renunciar a la magnitud como valor? ¿Estamos preparados, como intelectuales, como artistas y en nuestra experiencia cotidiana, a aspirar a una obra, a un pensamiento y una vida “común”, “media”, alejada de todo deseo de grandeza y espectacularidad?

 

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