DISCUSIÓN

El Salón del Libro de París y algunos berrinches

Marcelo Cohen

El sábado 1 de febrero, bajo el deportivo título “A los enemigos, ni pasajes: el gobierno excluyó a los críticos”, Clarín reprodujo la lista de escritores e intelectuales que en marzo próximo viajarán por cuenta del Estado argentino al Salón del Libro de París, dedicado a Cortázar. Lo que uno infiere por detrás de la selección es tan deprimente como verse infiriendo, pero no tanto como las reacciones de tres de los excluidos, y mucho menos que las justificaciones que se precipitaron a presentar algunos beneficiados. Según el paquete que ofrecía Clarín, el levantisco Martín Caparrós dijo que le habían contado que hubo una orden explícita de tacharlo y que el gobierno sólo se dedica a darles pequeñas recompensas a sus aliados. Beatriz Sarlo, tras precisar que ni el Estado nacional ni el de la Ciudad la invitaron nunca a integrar ninguna delegación, supuso que deben pensar que tiene malos modales en la mesa. Con su agotador sarcasmo, Jorge Asís dijo que prefería creer que los invitados tenían una obra más significativa que la suya. Tocado, al día siguiente Damián Tabarovsky usó su columna de Perfil para aclarar que, si bien no le interesa debatir literatura y política en estos términos, a él lo invitan instituciones muy diversas y, de paso, para recordarnos que está muy traducido al francés; y en la suya, como ante el tribunal de la historia, Martín Kohan aclaró que él no es kirchnerista. Desde Facebook, María Pía López esgrimió sus cinco o seis libros como aval para estar en el lote. En cada uno hay cierta razón. Porque veamos. En el cargamento de cuarenta y ocho va desenfadadamente al completo la escuadra nutrida de las filas de Canal 7, Carta Abierta, los altos cargos de la Cultura y Página 12, es decir, los que van a todos lados y se apuntan en mesas sobre surtidos temas del archivo universal del arte y el saber. Hay algunos invitados que viven en Europa y permiten ahorrar en pasaje. La contribución de parte del contingente al libro es de peso pluma. Sin embargo, hay una correcta muestra de la constelación de narradores de cerca de edad mediana que pasea por el circuito de los festivales internacionales. Y hay un pequeño pelotón poligeneracional de indiscutibles. ¿Quién va a negar que Ricardo Piglia, por ejemplo, debía estar? ¿Que Sarlo, Caparrós y Asís podrían o acaso debían haber estado? Pero tampoco están muchos de los narradores y poetas más influyentes de la época; no están representados los editores pujantes que han revivido aquí el arte del catálogo; y no hay uno solo de los traductores consecuentes. Engatusados por la vulgaridad de Clarín, Caparrós y Sarlo quedaron unidos en el chicaneo; los ganó el despecho, una pasión baja que los escritores suelen jactarse de haber superado. Los otros se cubrieron la cola de paja con un manto de honra. ¿Pero de qué se quejan todos? ¿Ahora no saben que tanto la tachadura y el veto como la elección tendenciosa son compulsiones no sólo de dictaduras y gobiernos democrático-maximalistas sino de cualquier gobierno posible en el régimen total de oposiciones complementarias, y además son procedimiento crónico de los consorcios que acumulan réditos y poder bajo cualquier gobierno? Me consta que en un largo período del suplemento Ñ hubo un índex; entre otros, a mí estaba prohibido siquiera aludirme. ¿Y qué? Nunca hay lugar para todos. Cívica paciencia. Cualquiera de los que nombré tiene cómoda butaca en unos u otros medios del carrusel publicitario. Y si sucede lo que no me gustaría, y en dos años el presidente es Massa, o Binner o Cobos con Pino y Carrió bajo el ala, a futuras ferias van a viajar los vetados de hoy, en probable compañía de quien dirija entonces la Biblioteca Nacional y el Museo de la Lengua. Seguro que tampoco entonces llaman a Laiseca.

Por espontaneidad de la vida, el sketch nos cayó poco después de que muriera Juan Gelman. Valorar una obra tan influyente para muchos de nosotros es un asunto grueso que pide distancia. Pero no dividiría tajantemente el griterío que comento del rumor necrológico que desató esa muerte. Demasiados lectores hondos y meditativos, mal que les pese, cooperaron con una hueste de sentimentalistas sectarios en empezar cuanto antes el monumento orgánico al Poeta Nacional de Nuestro Tiempo que se desvive por tener un progresismo siempre ávido de mitos e incauto con el espectáculo. Y ya estaban parando la estatua cuando la derecha rastrera se puso a picarla para mostrar que la excelente calidad del revestimiento estaba disimulando desechos político-morales. Ese “debate” se apagó; pero ahora la trifulca se aviva un poquito con minucias del mangoneo cultural. Lo digo a propósito en un plural limitado: qué bodrio; no queremos jugar a eso. Pero ya que el discurso social nos absorbe, ¿a qué jugamos? Como siempre en las artes, esto es lo que tiene que ocuparnos.

 

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