DISCUSIÓN

Revólveres de cebita. La Fundación Vairoletto, Premio Faena a las Artes 2012

Juan Laxagueborde

Nada más constructivo que el anarquismo. Insta a la solidaridad. Valora los saberes milenarios. Confía en el individuo aunque no en sus panegiristas. Va a fondo con la ética del buen vivir. Pero a veces, en nombre de ese anarquismo, también se pavea. Es el caso del ganador del Premio Faena a las Artes 2012: el artista Franco Darío Vico, con la denominada “Fundación Vairoletto”, quien propuso la organización de un nuevo concurso con los setenta y cinco mil dólares que, originalmente, el Faena Arts Center iba a destinar a un único ganador. Así, la propuesta consistió no en una obra, sino en una especie de metaproyecto “justiciero” que honra a más artistas que los que el emporio del hombre con sombrero pretendía convocar.

En las poblaciones pampeanas hay pocas figuras de la riqueza suntuosa. Una es la del acopiador de cereales. Los silos son su instrumento de comercio, el lugar donde la cosecha se deposita a la espera de “un mejor precio internacional”. Quien tiene la potestad de esperar es quien más poder tiene. Quien está más necesitado de liquidez vende a precio de mercado las toneladas de semillas y se vuelve al campo a reconformar la tierra para la campaña siguiente. El acopiador, en cambio, se regodea en la tómbola del mundo financiero hasta considerar el momento del intercambio.

El capitalismo serpenteante de la Argentina agroexportadora post-1880 logró fundar el Puerto Madero. Construyó allí silos racionalistas que fueron elogiados por Le Corbusier. De ellos disponían los acopiadores pampeanos más duchos en su crecimiento. Habían logrado acercarse a un ápice del río y sólo tenían que conseguir barcos para exportar prosperidad.

Ese desarrollismo chauvinista entusiasma al Faena Arts Center, que se erige en lo que fue uno de esos silos harineros. Una gigantografía celebra que “desde aquí antes se alimentaba al mundo y hoy, a la cultura universal”. Falso materialismo o materialismo estrafalario. Lo que sea, tan vetusto como cuestionable. ¿Eso pensaron los vairolettistas al presentarse al concurso? ¿Eso habrán interpretado los jurados al galardonarlos por “el rechazo al gran gesto escultórico que impone el Faena y por hacer del premio un juego político de redistribución de fondos”? ¿Qué se pretende al estetizar la iconografía del bandido rural?

El bandolerismo social fue puesto en valor en la Argentina, hacia los años sesenta, por el sociólogo y posterior militante montonero, hoy desaparecido, Roberto Carri. En su libro Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia (1968)se problematizan los alcances y las limitaciones de la ira bandolera. En el contexto del ascenso de la lucha armada, Carri intentaba conducir el espíritu bandido a lógicas de organización guerrillera más sistémicas que no chocaran tontamente con el aparato eficaz de las fuerzas represivas. La soledad de Velázquez –y de todo bandolero– demostraba la imposibilidad del hecho aislado y la picardía de verter sangre por unos pocos bienes. Los Montoneros, en su pico de popularidad, asaltaban camiones llenos de alimentos y los repartían bajo esquemas geométricos en villas y barrios populares. En ese sentido, la hipótesis de Carri se validó parcialmente. Pero venció el terror, y otra fue la historia.

Los bandoleros fueron la escoria de los llamados “pueblos pujantes”. Nacieron al calor del crecimiento de las cosechas y los latifundios. Algunos los creen héroes míticos de la reapropiación. Cuando se los valora, se traen a cuento sus propiedades gladiatorias, el uso de la violencia de facón y la predisposición desinteresada a repartir el botín.

La Fundación Vairoletto incurrió en un error hermenéutico. Logró más una teatralidad cómica y liviana para interpretar la violencia frente a las injusticias sociales que una apología de la redistribución libertaria. Todo le conviene al conglomerado faenense, que celebra con fruición la pantomima que le devolverá en espectacularidad los dólares invertidos. ¡Cuánta dialéctica inesperada! Los jóvenes benevolentes de la Fundación Vairoletto intentaron horadar el circuito más previsible de la escena cultural argentina. Eligieron como insignia un mito popular santafesino (el de Juan Bautista Bairoletto), equidistante de los elogios naturalistas del anarquismo más lúcido y de la radicalidad setentista. Tomaron con comodidad la figura folclórica de un marginado por el boom exportador de los años treinta para decirse socializantes. Pero asaltaron silos vacíos.

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