DISCUSIÓN

Sobre “Eva Perón” de Copi

Débora Vázquez

Si la Argentina fuera un museo, Evita sería nuestra Gioconda y Copi, el artista insolente que se atrevió a dibujarle los bigotes. Y no lo digo porque Eva Perón sea —como lo fue en su estreno parisino de 1970— interpretada por un hombre, sino por la irreverencia de hacer de ella y su mito una caricatura vanidosa y despótica, o en palabras del propio Copi, “una mezcla de Marilyn Monroe y Stalin”.

Me pregunto por qué será que en todas partes se habla de una Evita trans cuando en la obra la protagonista nunca se comporta como un varón. Me lo pregunto porque la característica que se impone en la Eva de Copi es su autoritarismo, y los autoritarismos no son patrimonio exclusivo de ningún género. ¿De dónde se infiere, entonces? Atribuirlo al espíritu de esta época sería un facilismo; deducirlo de la sexualidad de quien la interpreta, demasiado naíf. (Ni siquiera un niño pasaría por alto que el actor y el personaje pertenecen a planos diferentes). Otra posibilidad es que provenga de una replicación tardía de la definición de “travesti” que le asignó Aira en su intuitivo Copi (1991), pero es sabido que Aira es inventor antes que exégeta, y la belleza de su lógica se basa casi siempre en la falacia. Prefiero pensar que se trata de un deslizamiento, un contagio de la obra que la antecede en el Teatro Cervantes, El homosexual o su dificultad de expresarse, en donde sí estamos ante un cóctel del Copi más desbocado, potente, subversivo y procaz, con personajes exiliados en Siberia que cambian de sexo con la facilidad de quien aprende a hacer malabares con dos limones y una banana.

Eva Perón es otra cosa, es algo más apartado del grotesco, menos risible —hay una inocente que muere— y más macabro. Benjamín Vicuña interpreta su papel con convicción. Un prejuicio de peluquería sonaba antes del estreno: ¿por qué un chileno cuando hay tantos buenos actores argentinos? Es curioso que su nacionalidad llamara más la atención que el hecho de que sea varón; y eso me recuerda una anécdota simpática de Ionesco, que algo del absurdo sabía, en la que cuenta cómo lo había criticado un norteamericano por hacer que un personaje visitara la casa de otro sin llamar antes por teléfono, cuando los que se daban cita eran dos rinocerontes.

La elección del actor trasandino fue un hallazgo. Benjamín Vicuña no tiene el peso de la historia argentina sobre sus omóplatos, porque por más que viva en Buenos Aires, para el imaginario local siempre estará de algún modo del otro lado de la cordillera. Y esa distancia de piedra lo protege contra lo pequeño y provinciano de cualquier discusión partidaria. Vicuña actúa sin culpa, sin que puedan crucificarlo por hacer la “V” o esconderla en el bolsillo durante los aplausos. Y además, para quitarle un poco de ideología al asunto, hay que destacar que el strapless del vestido presidencial que lleva puesto durante casi toda la pieza le queda mejor a él de lo que les quedaría a muchas actrices vernáculas y foráneas.

Vicuña es un hombre delicado, sus hormonas no sobreactúan. Y por eso, y porque no es argentino, pudo contestar sin exabruptos cuando le preguntaron acerca de los dichos de un sector de la CGT que consideró la obra como “una bajeza” por “herir la fibra más íntima de cada alma peronista”. Un argentino hubiera puesto el grito en el cielo y hubiera aludido a la hilacha fascista de cierto peronismo perimido, al fantasma de la censura, y hasta hubiera recordado que en Francia hubo una amenaza de bomba el día del estreno, por más que de ese estreno hayan pasado cuarenta y siete años. Vicuña dijo simplemente: “Es una obra irreverente que incomoda y genera debate”.

Eva Perón no pretende ser el recorte de una biografía; es una parodia, una Eva irreal, la de Copi, y nada más contundente para demostrarlo que ese par de gigantografías con la imagen de la Evita angelical que se montan en el escenario, de cara al público, y hacen que Vicuña se vea como el simulacro platinado de una novia punk, o simplemente como Vicuña haciendo de Evita —como lo quiso su director, Marcial Di Fonzo Bo; como quizás lo hubiera querido Copi—.

Un “gorila” querrá seguir creyendo que Vicuña es efectivamente Eva Perón, sólo que el acomodador se olvidó de incluir en el programa los anteojos 3D. Un peronista ortodoxo le seguirá rezando a la estampita de la madre de los descamisados. El resto de los mortales se preguntará en qué punto —de los infinitos puntos que separan la gigantografía de la santa del Vicuña vestido de blanco— se encuentra la verdadera Eva. Y ese punto sigue siendo uno de los misterios de nuestra historia. Es raro que los detractores de la obra no se den cuenta de que el ataque virulento hacia un muerto implica de algún modo la sospecha de que este sigue vivo. Y sí, Evita vive hoy en el Teatro Cervantes, Vicuña cumple y Copi, bueno, Copi, como todo iconoclasta, nunca dignifica.

 

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