DISCUSIÓN

Sobre “Fenomenología del fin” de Franco “Bifo” Berardi y la fase final de la filosofía de la angustia

Federico Romani

La disolución de la concepción moderna de humanidad como una “cuestión de piel”. Así propone “Bifo” en Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva (Caja Negra, 2017) este recorrido por las diversas formas de mutación sensitiva en la actual transición tecnológica, advirtiéndonos desde el principio que la modificación de los modos en que percibimos y proyectamos el entorno es, necesariamente, un cambio en nuestra aproximación erótica al mundo. Berardi no escapa a cierta legitimación del nihilismo que caracteriza las filosofías crepusculares del presente, pero su pesimismo tiene una raíz documental que va mucho más allá de los usuales diagnósticos fatales basados en la mera disolución de las cercanías. El abismo entre “sensibilidad” (la habilidad para detectar significado) y “sensitividad” (la pericia para detectar sus implicaciones) coloca al sujeto contemporáneo en la víspera de un cisma emocional que lo traga hacia el interior de un universo perfecto en su repartición de uniformidades y aplanamientos cognitivos, y esa es una cuestión de conciencia corporal antes que de mitología poshistórica.

Berardi inició la escritura de este libro en 1996, todavía bajo la influencia de la cibercultura propulsada por la revista Wired y la apabullante imaginería de las primeras novelas de William Gibson. Cuando la publicación creada por Stewart Brand y Kevin Kelly se transformó en una especie de órgano de difusión de la paraeconomía propuesta por Silicon Valley, y Gibson (digámoslo: el gran novelista de la encrucijada entre el siglo XX y el XXI) debió mudar su paradigma narrativo al advertir que el futuro que había anunciado ya lo había alcanzado hacía rato, el consumo cultural tecnológico dejó de ser una pasión fetichista de vanguardia para transformarse en un patrón de permanencia en la realidad modificada de los nuevos media, y allí es donde Bifo detecta el nacimiento de un nuevo tipo de organización psíquica de la angustia. Justamente en el fundamental —y aún no traducido— Out of Control (1994), de Kevin Kelly, se advertía la transformación electrónica que haría posible la reorientación de las pasiones y los impulsos sociales en un sentido semiótico. Aunque el colapso de las “.com” en el año 2000 puso de manifiesto la endeblez de esa nueva economía y la fragilidad de un sistema nervioso “en red” que había pasado a gestionar el estado de ánimo mundial valiéndose de secuenciaciones misteriosas en el entramado de la administración de nuevos “saberes”, el cambio de paradigma consiguió asentarse en el nivel de las estructuras vinculares. Esa fase evolutiva —dice Berardi—, aunque herida por el fracaso del matrimonio entre la teología del mercado y la ciberutopía del no-lugar donde todo, absolutamente todo podía buscarse y encontrarse, alcanzó a modificar los modos de percepción de lo social para transformarlos en una mera opción de marketing en la vidriera mundializada de la red. El proyecto de una realidad universal basada en acumulaciones narrativas de muy diversa índole pudo haber fracasado —sostiene Berardi—, pero los efectos del fallido se propagaron tanto en el lenguaje como en las formas pervertidas del afecto y la socialización que condicionan hoy nuestra vida. Bifo hace crujir el hueso duro del optimismo geek: el lenguaje se vuelve cada vez más frágil y hueco porque las nuevas generaciones aprenden ahora más palabras de una máquina que de sus padres, y esto provoca una “deshumanización” cuyo correlato necesario es una sociedad emocionalmente aséptica, en la medida en que el impacto entre significante y significado es esencialmente afectivo y reconoce una confianza en el origen. En otras palabras: sabemos que al beber un vaso de agua mineral no nos envenenaremos —ejemplifica Bifo—, porque nuestra madre, alguna vez, así nos lo enseñó.

El aviso de la crisis fenomenológica se había mostrado al iniciarse la década de los setenta del siglo pasado. Ya resultaba imposible fijar el sentido (cualquier sentido) en la aceleración rítmica de las sociedades de control, decían Deleuze y Guattari en Rizoma (futura introducción al seminal Mil mesetas), y la extinción del orden político heredado de la Modernidad, junto con la desaparición de los cimientos racionales de la filosofía occidental, habrían de producir la deformación traumatizante y monstruosa de los procesos de subjetivación. El delirio de una escena de amor sin afecto (la pornografía que prolifera hoy en los dispositivos del mundo hiperconectado, al extremo de haber casi reemplazado la idea de sexo en el imaginario colectivo) es la estación terminal de ese proceso de cicatrización total de la piel como interfaz sensible. Lo digital produce una fractura entre empatía y comprensión, legitima el motor del “deseo” y no el de la “necesidad”, y corroe el tiempo interior de la sensibilidad al transformar la experiencia en una colección de escombros provenientes de un orden sostenido por meras representaciones. Hay una coincidencia entre Berardi y el filósofo de moda por estos días, Byung-Chul Han: la organización algorítmica de la realidad ha penetrado el espectro de la racionalidad humana a punto tal que la conciencia se desliga de su caudal político y la voluntad de hacer se ha transformado en una ficción de autonomía comprimida por los automatismos inducidos a través de la “infoesfera”. Lo que Byung-Chul Han identifica con la desaparición del aparato psíquico freudiano de represión (una sociedad que todo lo positiviza no requiere, nos dice, de ninguna contención interior del deseo), Berardi lo presenta como un reacomodamiento hacia un orden conceptual interno que ya no es constructivo sino destructivo. En ambos casos, la diferencia en las velocidades de asimilación entre la mente humana y las máquinas produce patologías del tiempo (“cronopatologías”) y la sensibilidad, cuyas consecuencias son éticas, en la medida en que el sufrimiento mental implica una sobreexigencia social violentamente volcada hacia el interior del individuo; una de sus consecuencias es la escalada de suicidios en algunas de las sociedades más tecnológicamente avanzadas del planeta. La marca dérmica del trauma psíquico es la huella que deja en el alma electrónica de nuestra era el peso cada vez más asfixiante de un tiempo seco, que se propaga pero no fluye. Pleno de cuerpos cada vez más inorgánicos, el presente descripto por Bifo es un panorama de extinción, un montaje teatral alimentado por los impulsos eléctricos de miles, millones de cerebros congestionados.

 

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