DISCUSIÓN

Sobre “Random”, de Charly García: lo que no cambia, lo que se ha perdido

Pablo S. Alonso

El mismo año en que Charly García y Pedro Aznar grababan Tango en Nueva York, Frank Miller, en The Dark Knight Returns, decía que el verdadero cambio, si es posible, va más allá de las apariencias: Two-Face —pese a cirugías reconstitutivas y terapia— sigue siendo un criminal. Y Bruce Wayne —viejo, cansado de intentar ahogar sus demonios con alcohol— vuelve a ser Batman.

La última década de Charly García traza una parábola similar. Después de su internación de 2008 y su temporada bajo el cuidado de Palito Ortega, el operativo retorno vendió un Charly curado a base del combo sobrepeso + trajes + drogas legales + reconstitución dentaria. Donde no hubo novedades fue en la música: apenas una celebración del pasado que tuvo su mejor expresión en los Gran Rex de 2011, que decantaron en los CD y DVD 60 x 60: shows que, presenciados en vivo, parecían un triunfo, pero que como objetos estéticos sufrían el contraste entre una banda ensayada y fiel a las grabaciones originales y una voz encorsetada por las pastillas.

Los dos conciertos de 2013, Líneas paralelas, en el Teatro Colón, en vez de ser la obra sinfónica que se había anunciado terminaron siendo una versión de 60 x 60 con un poco más de cuerdas. Pero cualquiera que haya leído/visto el libro con las notas de García para su debut en el Colón habrá notado una continuidad absoluta con su etapa Say No More (la idea de Líneas paralelas, además, tenía su raíz en un primer abortado intento de tocar en el Colón en colaboración con Gabriel Senanes).

Ahora que Charly no guarda las formas post-Palito, y aunque su nuevo disco Random, tanto en gráfica como en audio está imantado por una serie de coordenadas que definieron su obra entre 1994 y 2008 (la saturación pictórica, que se corresponde con la superposición de teclados, las voces que entran y salen de la mezcla, el desarreglo como arreglo), algunas reseñas elogiosas prefieren indicar que es el disco que García debería haber hecho en 1994 y que, pese a ser un álbum lleno de referencias (a su obra —es cierto, también a sus dorados ochenta— y a la de otros), evita cualquier remisión saynomoresca.

Flaco elogio para García, que aun en las entrevistas en que más se lo notaba haciendo buena letra —speechs antidrogas incluidos— nunca dejó de reivindicar ese período. La producción de Random es, cuanto menos, honesta con su realizador (lo que escuchás es lo que hay, parece sugerir) y representa al artista de una forma en que el pulido single “Deberías saber por qué” (parte del aparato promocional del Vélez del retorno) nunca podría haber hecho.

Y es que Random es una continuación lógica de Kill Gil, su disco pre-internación de tardía publicación en 2010. A punto tal que “Mundo B”, su última canción, pertenece a ese período creativo e incluye dos secciones que —además de citar a “I Want to Hold Your Hand” y a “She Loves You”, como todos se cansaron de observar— García ya había utilizado en “Pastillas”, uno de los temas de Kill Gil.

Quizá la verdadera novedad de Random (un término que Charly también utilizaba mucho a mediados de los noventa) es el uso del iPad como herramienta de creación. Algo notable si se considera que el García modelo 96 se jactaba de no utilizar computadoras (ahora se queja de los celulares en “Primavera” como veinticinco años atrás la emprendía contra faxes y contestadores). Aun así —y con los contados aportes instrumentales ajenos— , las fórmulas compositivas, de arreglos o de orquestación no han cambiado. De hecho, se han acotado: casi todas las melodías del disco utilizan la escala pentatónica, algo que en sí no es para nada malo, pero que certifica cómo se ha reducido su paleta compositiva.

De la misma forma, vaya uno a saber la causa médica exacta, pero su mano derecha se escucha atrofiada en algunos breves fragmentos con sonidos de Wurlitzer (“Ella es tan Kubrick”) o Clavinet (“Otro”). Es también evidente que García eligió dejarlos así en vez de buscar otra toma o corregirlos artificialmente, lo que en sí también es un statement.

Random es un compendio de alusiones propias y ajenas y de las obsesiones de siempre. En “La máquina de ser feliz”, con un aire a un tema de Eurythmics —además de la similitud involuntaria con “Juntos a la par”, el hit casi póstumo de Pappo— y cita a Chopin (compositor que atrae particularmente a García por su sensibilidad pop y por la idea romántica del sufrimiento: la gota de sangre que Cornel Wilde tose sobre la tecla), por tercer disco consecutivo se samplea un diálogo de Lolita de Kubrick (me sorprendo, al leer una reseña, por no haber percibido que también hay un audio de un momento cúlmine de Dr. Strangelove). Justamente en “Ella es tan Kubrick” las referencias cinéfilas hacen acordar a esos temas de Fito Páez donde las citas son completamente intercambiables: prueben cambiar “Kubrick” y “Nicole Kidman” por —para elegir otro favorito de García— “Wilder” y “Shirley MacLaine”. Pero también se cuela una frase del estribillo de “Sympathy for the Devil”, ya versionada con su proyecto Casandra Lange.

Lamentablemente, como cantante, el último García no logra hacer una fortaleza de sus flaquezas como podía hacer, por ejemplo, en Influencia. Ahora suena como una cruza de sus imitadores televisivos con el gato Silvestre. No es como el Leonard Cohen final, que terminaba siendo más interesante que el monocorde vocalista de los primeros discos: los manierismos de Charly, las formas de enfatizar, su manera de armonizar, siguen estando ahí, pero no logran que uno se olvide de lo que se ha perdido en el camino.

Montada sobre un loop de mandolina (y no, por favor, de banjo o dobro), “Primavera” (canción de la era Rock & Roll Yo, originalmente titulada “El hombre de atrás”) invoca el lema “younger than yesterday” que Charly aprendió de Dylan y Byrds, se detiene en pequeños detalles observacionales marca García y parece reírse de sus desventuras: “Ahora que estoy rehabilitado saldré de gira y otra vez me encerrarán cuando se acabe y roben lo que yo gané”. Pero ¿quién ríe último?

El estribillo de “Rivalidad” (“Cambiarme, baby”, con él y Rosario Ortega —una voz dulce aunque anónima— doblados al infinito), poderoso y adhesivo, es una mezcla de genio con inmadurez, por el rencor cuasi adolescente con unas vecinas que lo denunciaban por ruidos (o sonidos musicales) molestos. Arranca como en plan Parte de la religión (luego, Charly intenta explicar de qué hablaba cuando hablaba de “la cruz del sur”), pero la saynomorización se va marcando cada vez más a medida que avanza la canción —con la letra de las estrofas paneada línea a línea— y las voces no melódicas —muchas inentendibles— se van apilando. Cualquier pretensión de un tema pensado para la radio se termina de caer con el deshilachado scat de García (nota: cualquier negacionista de la era Say No More debería comparar esto con las vocalizaciones de “Yendo de la cama al living”). El cierre, con la melodía de “Mundo B”, marca un oscuro contraste.

En “Otro” reaparece otro fetiche de García, las citas a Springtime for Hitler, el musical de The Producers (“Don’t be stupid, be a smarty, come and join the Nazi party”), que funcionan como cierre de un breve rock marcial (y otra producción que fuera del paradigma Say No More sería un demo), donde desfilan un par de conceptos de Piano bar (fascismo, psicoanálisis) pero también el ruego de “Sólo un poquito nomás”. La parte B del tema título de Piano bar (donde aparecían los primeros indicios de la producción Say No More: escuchar la versión single de “Demoliendo hoteles”) parece ser la raíz del primer tramo de “Lluvia”, quizá la mejor canción de Random, con dos partes tonalmente bien delimitadas. Y si de “lluvia” se trata, la melodía de “Believe” (cantada en inglés) es un desplazamiento rítmico de la “Rain” beatle; aunque, casi todo el tiempo sosteniéndose sobre dos acordes, García quiera mixturar a los Who anfetamínicos del 66 con los teclados del Townshend 71. Una de las guitarras rítmicas todo el tiempo remite a “Chiquilín”, tema que finalmente salió en La hija de la lágrima.

La discutida (¿no es bueno que un disco se discuta, aun con pereza por parte de muchos críticos? ¿Cuándo fue la última vez que un disco de Páez o Calamaro produjo algo así?) “Amigos de Dios”, con su armonía descendiente a lo “I’m Losing You”, certifica que Charly volvió a ver televisión. Nótese el “brasileiros” y una de las acentuaciones más sui generis del rock argentino: “putá”. Más allá del “palo” a los teleevangelistas, la canción postula que ver el recital que pasan en el otro canal no es mejor alternativa. En el caos del final se cuela —hay que buscarlo, pero está— el riff de “Raros peinados nuevos”. ¿Y cómo nadie escribió que (hint, hint) “Spector” samplea la batería de “By My Baby”, comenzando anacrúsicamente por el cuarto tiempo? ¿Algún crítico tiene miedo de que Sony tenga que pagar una millonada por sample no cleareado? (Recordemos que la EMI dijo vetar Kill Gil porque García no había presentado los créditos correspondientes). Esa canción (que había tenido una olvidable versión acreditada a Sui Generis en Sinfonía para adolescentes) también provee parte de la melodía.

Quizá uno, a esta altura del disco, ya está resignado, pero en la parte B la voz de García —no llega a las notas (en vez de delegarlas en Ortega), y eso es lo de menos— conmueve, tal vez por los motivos equivocados. A falta de otra idea, la canción cierra con cuarenta segundos repitiendo el bordoneo utilizado en la versión de Tango 4 de “Rompan todo” sobre ese beat que aún hoy obsesiona a Brian Wilson, cuya actividad desde su último retorno a finales de los noventa sugiere qué podría haber sucedido con la carrera de Charly si estuviese allá y no acá.

La ya mencionada “Mundo B”, con su coda que remite a momentos de Clics modernos y Piano bar, cierra un disco redondeando una duración sixties de treinta y tres minutos, que no nos dice necesariamente mucho sobre el presente artístico de García: diez canciones en diez años no es precisamente alentador. Pero, aun con la vara baja —complementada por el momento paupérrimo del rock nacional— y sin engañarse, Random invita a ser escuchado una y otra vez, para descifrar sus guiños y atesorar las chispas de genio. Hay momentos en que Random suena a disco final; ojalá, como el Batman de Miller, Charly simplemente se esté preparando para liderar una revolución, no bajo tierra sino detrás de las paredes.

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