DISCUSIÓN

Un almacén de Gabriel Orozco

Nicolás Cabral

A cien años de su aparición como procedimiento artístico, el readymade sigue agitando las aguas. Hay una razón: la Fuente de Duchamp, el urinario que la Sociedad de Artistas Independientes se negó a exhibir en su evento neoyorquino en abril de 1917, no es una novedad más en la larga historia de las formas expresivas de la modernidad, sino la explicitación del mecanismo que convierte a un objeto en agente innovador: la indistinción entre arte y no-arte. La crítica es obligada a producir nuevas categorías de análisis, y el público tiene que arreglárselas en el terreno de lo indecidible. En el paisaje posmoderno, la estrategia de lo “ya hecho” se ha disparado en todas direcciones, y para entender el llamado Oroxxo conviene tener presente lo que Boris Groys escribió en un capítulo de Sobre lo nuevo (1992) dedicado al readymade: “En el arte actual, la mayor parte de las veces […] la crítica del arte comercial suele ir unida a la búsqueda de la estrategia comercial óptima”. Cuando se intenta comprender el complejo mecanismo de valoración y venta de las mercancías del Oxxo —la cadena más grande de tiendas de conveniencia en México— instalado en la galería Kurimanzutto, que además presenta la pieza como un ejercicio crítico, no queda más que asentir.

La obra de Gabriel Orozco es habitualmente descrita como un conjunto de hallazgos poéticos en los resquicios de lo cotidiano, pero no debe olvidarse que su autor posee un talento inhabitual para la provocación. El readymade ha sido el medio elegido para sus desafíos. Piénsese en la Caja de zapatos vacía presentada en la Bienal de Venecia de 1993. O en las Tapas de yogurt pegadas en las paredes de la galería Marian Goodman de Nueva York un año después. El Oxxo pertenece a esa secuencia, y el efecto en las redes sociales (memes y chistes diversos, pero también ataques y súbitos descubrimientos de la naturaleza comercial de la creación de nuestro tiempo) no es más que la certificación de su éxito en tanto estrategia a la vez artística y publicitaria. La tienda de conveniencia tiene un componente adicional: hace de las previsibles críticas algo “ya hecho”, incorpora los argumentos habituales contra el arte contemporáneo y los convierte en parte de su configuración. Así, las frases idiotas del tipo “Comida chatarra readymade, sin valor nutricional, es el soporte perfecto para un arte chatarra readymade sin valor intelectual y [sic] estético” pueden considerarse elementos de la propia obra. Orozco lanzó el anzuelo, y algunos lo mordieron: la artista oculta bajo el seudónimo Peligro, que robó comida de gato intervenida como forma de protesta reactiva, es el ejemplo perfecto, en la medida en que su performance se inscribe en la lógica interna del Oroxxo (un término que algunos creyeron acuñar ingeniosamente, pero que fue difundido desde un principio en el comunicado de prensa).

La pieza de Orozco abreva en Duchamp, uno de sus maestros de siempre, pero sobre todo en el impacto que tuvo su obra, por intermediación de Robert Rauschenberg y Jasper Johns, en los artistas pop. El Oxxo incrustado en la galería mexicana, con su miríada de productos para exhibición y venta, es un objet trouvé atravesado por el efecto de la Caja Brillo (1964) warholiana. Como ha visto Groys, los trabajos de Duchamp contienen siempre dos estratos: “Uno de ellos apunta a la tradición cultural valorizada; el otro al espacio de lo profano, de lo que carece de valor, que se asocia a la ‘realidad en sí’”. Estos ámbitos están nítidamente representados en la sede de Kurimanzutto: el valor cultural se concentra en la parte trasera, con objetos intervenidos que se inscriben en la práctica escultórica de Orozco, empaques y envases de mercancías de los que el artista se apropia superponiendo su propia “marca”, las composiciones que comenzó a realizar sobre billetes y boletos de avión al promediar los noventa, que en 2004 desembocaron en los lienzos exhibidos en la Serpentine Gallery de Londres, reminiscentes de la obra de Waldemar Cordeiro. “La idea de un diagrama tiene la pretensión de explicar cómo funcionan las cosas, cómo se comportan los objetos y cómo crecen las plantas”, explicó Orozco en una entrevista. ¿Debe entenderse, así, que las impresiones adheridas a las piezas revelan un funcionamiento, el del mercado (del arte)? La decisión de imprimir calcomanías y pegarlas —en lugar de, por ejemplo, recurrir a la serigrafía— se relaciona con los objetos intervenidos: mercancías baratas, alimentos chatarra, revistas de entretenimiento. En suma, lo que carece de valor, concentrado en el Oxxo propiamente dicho, que opera con normalidad, si bien los alimentos son cortesía de la empresa propietaria. (Si en el urinario no se orina, aquí no se puede pagar por un refresco, salvo que se trate de uno intervenido por el artista.)

El Oroxxo plantea una relación singular con el cuerpo, que no es idéntica a la ofrecida por un Oxxo. Dentro de la galería, el readymade produce un doble de la experiencia: en lugar de consumir, observamos la lógica del consumo. Al atravesar la tienda y adentrarnos en la sala de exhibición descubrimos que los productos antes profanos han sido transformados en objetos escultóricos. La pieza no carece de vínculos con otros trabajos de Orozco, y su apuesta no es siquiera original: Xu Zhen presentó en 2007 Shanghart Supermarket, un proyecto que recrea las tiendas de conveniencia chinas, si bien con empaques vacíos (una especie de KidZania para adultos). Si de lo que se trata es de salir a la calle y crear arte con lo que ésta ofrece, ¿hay un objeto más recurrente en las ciudades mexicanas que los devastadores Oxxos? La calculada banalidad de la pieza posibilita lecturas diversas, y es un acierto en la medida en que no piensa por el espectador, sino que le permite situarse dentro del campo artístico. De espaldas a la agenda de los medios, Orozco cambió la conversación con una pieza que, heredera del pop, vuelve indistinguibles la crítica del mercado del arte y su glorificación.

En tiempos donde la opinión general sobre las artes se rige por la dicotomía del “me gusta / no me gusta”, un efecto de las leyes establecidas por las redes sociales, el acierto de Orozco consiste en dificultar el juicio estético —el Oroxxo es arte no-retiniano en sentido estricto— y colocar al espectador ante la disyuntiva de construir un discurso crítico o emitir una condena moral. Hay, por lo demás, juego, incitación, un baile de mercancías y el recuerdo de la primera exposición de Kurimanzutto, en el Mercado de Medellín: Economía de mercado (1999). Inevitablemente contradictoria, la propuesta de Orozco logra abrir un espacio para el pensamiento en un momento de temperatura intelectual inusualmente baja en México.

 

 

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