LITERATURA ARGENTINA

Buena alumna

Paula Porroni

Jordana Blejmar

Puede leerse Buena alumna, la ópera prima de Paula Porroni, como una novela de formación frustrada, una novela donde la protagonista no aprende nada de los sucesivos rechazos a pedidos de becas en “la mejor universidad del mundo” del pueblo inglés adonde ha regresado para volver a estudiar. Lo que en todo caso sí aprende es que en la jungla de la academia anglosajona el talento no lo es todo, ni siquiera lo es la prepotencia de trabajo, y que ella y su madre son, en definitiva, “una familia sin suerte”. Buena alumna es hija de su tiempo: de redes sociales, recesión, pre-Brexit y post-2001; es, también, una cruda mirada sobre la generación de universitarios que se formó durante el menemismo, que conoció Europa con el “uno a uno” y que volvió al viejo continente para hacer carrera académica cuando casi no existían las becas del Conicet. La novela de Porroni es, además, el despiadado retrato de una clase social —la burguesía porteña— que después de la crisis teme quedar tan a la intemperie como la protagonista, una mujer que vive en cuartos prestados y que frente a las impúberes estudiantes de su antigua universidad se siente una anciana. Aun así prefiere soportar las bajas temperaturas de la Rubia Albión antes que volver a su país. Pero Inglaterra no la recibe como ella cree que se merece, un reconocimiento que alguna vez tuvo pero que no logró capitalizar. Se trata de una “inversión fallida”, “talento que se malgastó”, una (no tan) joven promesa que no llegó a cumplir las expectativas de sus maestros, las de sus padres y las de ella misma, su jueza más implacable.

La protagonista de Porroni tiene, además del paso del tiempo —que intenta compensar alterando el año de nacimiento en su currículum y con entrenamiento disciplinado—, otra desventaja: su condición de inmigrante sudaca. También contra esa marca identitaria empleará el arte del disimulo. Aprenderá el acento británico, imitará a su amiga Anna y se presentará como inglesa frente al serbio que conoce en un pub. Así y todo, no será suficiente. “Me pregunto en cuál de mis huesos, en qué espacio oscuro, se aloja el veneno”, se lamenta mientras se autoflagela para quitarse ese estigma de perdedora innata que pareciera ser contagioso. Tal vez por ello desprecia aquello que ve en otros y que ellos no ven en sí mismos, esto es, cierto aire de mediocridad y conformismo. Buena alumna sugiere que entre humillados y excluidos no hay solidaridad ni comunidad posible, sino sólo envidia y resentimiento, una observación que ya Masotta había hecho a propósito de los personajes de Roberto Arlt. Así, la narradora cuenta que su compañero de librería está “hinchado de resentimiento” y que a su amiga Katja “la envidia le parte la cara”. Incluso madre e hija están “en la sintonía del rencor”. La madre es, además, el mejor ejemplo de esa clase en decadencia de la que habla la novela. Visita el banco con frecuencia, hace caridad y ha salvado la plata del “corralito”. Sus únicas compañías son un perro y una empleada doméstica casi ciega que “ya no limpia como antes”, una empleada que cuando se viste con la ropa de su patrona parece “una madre más baja, más fea, más gorda”, es decir, otra impostora. Hacia el final de la novela la empleada renuncia a su trabajo y la madre se siente traicionada. Ambas, madre e hija, se convertirán entonces en “guardianas del orden de la casa”, las de allá y las de acá, las propias y las ajenas, tal vez para contrarrestar sus vidas irónicamente desperdiciadas; restos de lo que pudo haber sido útil pero que el tiempo, la saña y la mala fortuna han convertido en poco menos que still life (el objeto de estudio de la protagonista), vidas literalmente inmóviles o estancadas.

 

Paula Porroni, Buena alumna, Minúscula, 2016, 120 págs.

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