LITERATURA ARGENTINA

La demora

Carlos Battilana

Marcelo D. Díaz

En los poemas de Carlos Battilana existe una correspondencia, como un hilo invisible, entre el plano acústico, la caligrafía y la voz del poeta. La memoria articula una mitología familiar singular en la que se revisan las narraciones heredadas de nuestros padres y se proyectan las nuestras. En el poema “El cielo”, por ejemplo, la voz muda de la figura del hijo envuelve en un manto de silencio la vida en común: “Mi hijo está allí. / El cuarto le pertenece / y yo / no hago / más que atrasar / el temor. En / este lugar / donde los hechos avanzan / donde la casa / parece / una tundra llena de/ voces / ¿dónde reposa el ruiseñor? / ¿en qué modelo / basa su canto / el triste? Con / los dedos fijos / escribo esta letra / aquella otra, esta / de más acá. A través de un agua sin sabor / el hilo de la costumbre abrasa / y me recibe / en su cielo”. Lo compartido está hecho de implicaciones, supuestos, sentidos que trascienden la palabra y las temporalidades que habitamos. Y quizá sea el silencio la pieza que se encarga de unir todas las voces fragmentadas de los diferentes miembros de la familia.

Los versos conducen a una pregunta recurrente: ¿cuáles son los límites entre las palabras y las cosas? Es lo que se plantea en “Formas”: “Si las palabras / derivan de las cosas, / si las letras / —como signos helados— / provienen de una plena / sustancia / ¿qué será ese mínimo indicio / de los objetos, de las formas, / de esa materia / que se resiste?”. El acto de la escritura supone tensionar los límites de lo real. Nos lleva a tocar el núcleo de la materia donde se concentra lo vivido.

El lenguaje poético puede ser una brújula que intenta restaurar el orden semiótico de la realidad que no se deja contener por las palabras ni reducirse a ellas. Y la escritura es un mapa o un puente entre la realidad, la lengua y experiencia: “Para no alejarme / de la tenue presencia / de la fe / descuido lo real / y me hago un sitio / para mí. Para las Letras. / Eso sería / el único hecho / del que Dios procede / y del que / también / procede / —sin rayas, sin ruidos, / sin devaneos— /lo más real de mí. Por mí”. El rito solitario de escribir un poema implica definir y revisar las coordenadas en que nos encontramos, y desde ese lugar restituir el orden simbólico de las letras como si fuesen una especie de talismán. También puede que implique alzar un refugio frente a las diferentes formas de la intemperie: “Brilloso como un témpano / el día / persiste / aquí, allí. Sin cansancio / recibo el / deterioro / como una forma de avance”. La poesía acentúa el lento paso de las horas y congela literalmente el día como en una fotografía, nos rescata del adormecimiento de las emociones e introduce una voz en el corazón del silencio.

El invierno recorre toda la poética de Battilana y traza un paisaje interior en un discurso circular: “Tomo con claridad / lo opaco de mis palabras. / Las tuyas son / transparentes / pequeñas como el agua / en un arroyo de quietud. / Si fuera verdad / que el frío deshace las piedras / igual / estarías allí / con tus ojos oscuros. / Rodeo tu claridad / deshago con mis manos / la blanca estación / del silencio. / Aquí estás, allí”. El frío calibra los sentimientos, los ordena al igual que el tiempo, construye una trama allí donde antes no existía un relato con el que pudiéramos narrarnos: “En esta habitación / atascado por los papeles / y las palabras / me obligo / a trabajar. / El cielo está gris / la ciudad / parece / una tierra de nadie. / Mi hijo mi brazo mi cuerpo. / Dame agua, un poco de sed, / ilusión / ante la espera. / Pues bien /deletrear palabras /cavar un pozo /decirse al oído /susurrando: /el temor /no hace / hombres”. No se disuelven certezas; la acción de nombrar termina por otorgarle entidad a los seres queridos que nos rodean en un doble movimiento entre interioridad y exterioridad, y entre memoria personal, narrada desde un lenguaje heredado, y el presente en el que emergen nuevos modos de decir y de significar el mundo.

 

Carlos Battilana, La demora, Deshielo ediciones, 2017, 56 págs.

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