LITERATURA ARGENTINA

La tierra de los mil caballos

Gabby de Cicco

Irina Garbatzky

“Horse horses horses horses”. La reiteración arroja, en nuestra pronunciación yegua, “jorsis”; es la base acústica con que Gabby de Cicco hace resonar en La tierra de los mil caballos las anchuras de la voz. Algo sin traducción, medio animal, que jadea, grita, salta y hace pogo. No es una versión de Patti Smith —aunque por momentos tienta pensar los poemas como covers, aunque esté acompañada por fotos de Nueva York tomadas por ella misma—, ni tampoco una reescritura. Las voces del libro de Gabby de Cicco proyectan las reverberaciones dictadas por una “densa saliva”. “Seguimos a la voz canícula como guía. / Voz de bruja. Voz de gurú”, dice uno de los primeros poemas. Esa voz comanda un camino de subida, una peregrinación hacia lo sagrado-profano, la prometida tierra neoyorkina: “El hotel Chelsea, irreconocible, / al fondo de la noche”. ¿O es la que comanda la visión de Robert Mapplethorpe y Patti, que devuelve el brillo sobre el margen, volviéndolo a profanar? Los poemas eslabonan, en ese punto, los espacios perdidos de nuestra poesía beat; siguen las vías de los Rastros de carmín, de Greil Marcus, quien observó cómo las tintas inmateriales, invisibles y afectivas acercaban a los dadaístas con el situacionismo, y a los dos con el punk.

Y luego, si un primer viaje va en subida, el segundo es en bajada, en caída, al “círculo final”, “abajo tan abajo”, como en el nombre de Alejandra, al punto en que los caballos ingresan en un más allá, un espacio situado en otro plano: “sólo tengo aquellos muertos que dejé atrás / para ir hacia Abisinia”, dice Rimbaud en el poema de Gabby, pero ahora los versos están en boca de Mapplethorpe. Vagabundear, cruzar el mar, encontrar el límite. “Habría que entender la muerte de otra forma. / Habría que raparse la cabeza como cuando / murió tu hermana. Habría que amar / hasta que se acabe el mundo conocido”. El tiempo en silencio que le da acento a la palabra “amar” reorganiza cada vez el camino de regreso. “El poder de cambiar cosas”, se oye; “soy la mentira, el fuego, el deseo, / los elementos esparcidos por todos lados”. Porque incluso en “Tercer ojo”, donde la caída es una sala de tortura, la pesadilla hace del corte el instrumento de recomposición, bajo su ley: ojo por ojo es también la ley de Buñuel, en donde el sueño tajea la mirada, “su propia inocencia”.

Ni aun allí los fantasmas son figuras atemorizantes. Todo lo contrario: son voces que galopan al oído (Paul, Rimbaud, Morrison, Mapplethorpe, Patti, Amy, Kurt, Oliva) para rearmar, desde el futuro, sus vidas pasadas. La tierra de los mil caballos es una teoría de la voz: impregnada de lo otro y los otros, la voz es vehículo del cuerpo y lo desconocido. Dice lo que dice y dice más y otra cosa en la performance de la hija que “prefiere encender el Winco / y cantar haciendo mímica”. La tierra… multiplica las figuras de la voz tomadas por la materia: la mudez, el susurro, la risa. “Ella me susurra caballos de arena”, “Traduzco la voz del viento, / escribo en su contra, / y la manera en que me habla / se parece demasiado / a la risa de una niña”. En el libro de Gabby, la voz de la tierra retumba en un oído pegado al suelo que la escucha como el latido de un corazón.

Dice Joy Harjo en el epígrafe que abre el libro: “una manada de caballos al galope podría convertirse, de una canción a otra canción, en un libro de poesía”. Es como si La tierra de los mil caballos hiciera de esa frase una posibilidad, un rito de pasaje.

 

Gabby de Cicco, La tierra de los mil caballos, Baltasara Editora, 2016, 92 págs.

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