LITERATURA ARGENTINA

Odio la poesía objetivista

Francisco Garamona

Juan Laxagueborde

Francisco Garamona escribe poemas que no tienen trincheras en las que agazaparse. Cada vez más afina la punta de unos versos que parecen haberlo leído todo aunque no sólo, porque cualquier apariencia de acumulación erudita de estilos es, en realidad, originalidad, desprejuicio y creación. Su poesía, tan lírica como rara, jamás se propuso intervenir en ese ámbito que los académicos llaman “el campo de la poesía”; su única intención parece ser alterar al lector en cuerpo y alma. Los sentimientos están expresados en su obra como forma y no hay intenciones estratégicas que interpretar como quien intenta encasillar la genialidad entre tabiques de durlock que forman la palabra “género”. Garamona no tiene nada que ver con nada en la poesía argentina pese a que está completo de herencias y de lecturas amatorias que cuidaron de su lápiz hasta que se puso a escribir. Desde entonces no hizo más que olvidar, hacer obra, admirar sin rezar.

Todo eso para decir que si tituló su libro Odio la poesía objetivista es un poco para radicarse en el homenaje activo a los propios objetivistas y otro poco para prender una chicharra: que es imposible odiar lo que fue hecho para que el mundo se encante, aun cuando se pretendía lo contrario. La paradoja del objetivismo estriba probablemente en vaciar de mitos el mundo sin notar que el trance ahora está en el lector, que entiende demasiado. El objetivismo es una tradición extensa en la poesía argentina y aún se está reescribiendo —como en Garamona, que tiene de objetivista el desparpajo de decir sin más las cosas, y de subjetivista la pasión por reírse de ellas—. Entonces el odio es, en Francisco, risa. Es tomar todas sus lecturas de escuela objetivista —Cantón, Gianuzzi, Bignozzi, Helder, Prieto, Cucurto…— para pasar del entendimiento a la comicidad. Del propio Martín Prieto es el verso que arma una corona con las flores de los poemas del libro: “No te olvides de la música / pero no te olvides tampoco de que la música cambia”. Lo que está haciendo Garamona es devolverle la arbitrariedad necesaria a la poesía para que sobreviva.

El libro es una sucesión de poemas dictados a amigos, que terminaron siendo los copistas de una obsesión y trazaron con versos el puente entre la cabeza fresca de Garamona y la anchura del mundo de los lectores predispuestos a imágenes como estas: “Se mueve un paraguas en el paragüero”; “Lloré junto a una estufa / apagada y sin calor / pero puramente humana”; “Había un indio en una cueva / que veneraba una computadora”; “No me gusta el hacha que corta”. Esa reorganización del vacío objetivo con cuotas de bufonadas le da al libro una identidad compilatoria. Todo lo que se junta va a parar a la poesía, que toda junta es objetividad. Pero para juntarse tiene que hacer entrar al lector en ese ovillo. Entrar mirando para afuera, continuando el mundo. La obra de Garamona, entonces, da un nuevo giro para seguir integrando a la nada todo, un juego más para que se advierta que su poesía no es ni chiste ni llanto ni papel pintado: es la manera de entender que lo más fácil es hablar y lo más difícil ser escuchado. Se escucha bien lo que él dice porque sus palabras encadenan el ánimo del lector con toda su materia; esa es la objetividad.

 

Francisco Garamona, Odio la poesía objetivista, Iván Rosado, 2016, 80 págs.

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