MÚSICA

Nick Cave and the Bad Seeds en el Beacon Theater

Reinaldo Laddaga

Lo que no esperaba es que el concierto fuera así. El sitio, sin embargo, es adecuado: el escenario de este viejo teatro antes vetusto está enmarcado por dos estatuas doradas que sostienen mástiles o lanzas que suben hacia el techo. Es como si el paredón ornamental fuera a venírsenos encima, incluso a nosotros que esperamos en los palcos. Gracias a dios no compramos entradas abajo, en la platea. Es que el concierto todavía no ha empezado y ya la gente se amontona en el frente de la sala. Poco después de las ocho, el grupo entra. Nick Cave levanta los brazos esqueléticos. Es australiano, tiene sesenta años, es el único miembro constante que la banda —más de tres décadas en su trayectoria— conserva. Últimamente estuvo mucho en los diarios: es que su hijo adolescente se cayó de una barranca, durante su primer viaje de LSD, y se mató.

Es difícil no pensar en este horrendo incidente cuando Cave, de azul metálico, termina la canción de introducción, casi a capella. Revuelve los papeles que tiene en un atril y camina los cinco pasos que lo llevan hasta el borde del escenario. Alguien levanta un niño en su dirección; Cave lo invita a que suba. “With my voice, I am calling you”: el estribillo de la canción que procede a cantar. “Con mi voz, te llamo”. Todo es desastre: soledad, enfermedad, caída. Nos cuesta sacarles la mirada al crooner y a su momentáneo partenaire. Si lo hiciéramos, notaríamos que a la derecha, muy quieto, hay un guitarrista. El baterista está detrás, y el bajista, sobre una plataforma. Hay campanas, gongs, tambores en la zona donde opera Jim Sclavunos, uno de los miembros más antiguos de los Bad Seeds. A su izquierda, un organista. En un extremo, en la sombra, está Warren Ellis, violinista, guitarrista y el colaborador más constante del cantante, de traje también, con la barba canosa y muy larga. Parece que fuera una orquestita de hombres casi viejos que van a tocar a casamientos, bautismos, funerales. Envejecidos por el alcohol y los rigores del desierto que atraviesan como pueden. El desierto de las canciones del disco que presentan, Skeleton Tree, y de los grandes éxitos que pronto intercalan. Mientras los canta, Cave no puede abandonar por más de unos instantes el borde del escenario. Cada vez que lo hace el público vuelve a atraerlo; él les toca las puntas de los dedos a las manos pacientes que se extienden. A veces se zambulle sobre la ondulante multitud y las mismas manos lo sostienen. Las canciones que canta son historias de hombres en desgracia, que mantienen como pueden la virilidad algo absurda que les resta. A veces no sabemos si es que insulta a sus fieles o los convoca a que reafirmen vaya a saber qué dignidad, que no sabemos quién quiere quitarles. Menos aún terminamos de entender cuál es la naturaleza exacta de este espectáculo, y si la reacción más conveniente no es la del adolescente que, en la butaca al lado de la mía, se ríe a carcajadas.

Se ríe de las invocaciones severas a los bares donde beben y colapsan y las residencias donde apenas viven hombres que recitan las páginas desordenadas de un libreto de la masculinidad que ya no saben si entienden. Y a medida que el concierto va moviéndose hacia el final, entre acordes infernales, nos parece alucinar otra presencia que nos visita a través de esa figura escuálida y brillante que va caminando por encima de los hombros de la feligresía mientras canta el estribillo de la última canción, “Push the Sky Away”. Esa es la tarea que nos impone: empujar el cielo. ¿Para qué? Para nada, por supuesto. Vuelve al escenario, cada vez más transportado. Y el espectro se define: es Elvis Presley. Nick Cave, músico, escritor y artista plástico, ha venido a provocar la fugaz reencarnación del Presley más hinchado. El de Las Vegas y Hawái. Tutti increíble de la banda. Salto brusco del cantante, que cae, extenuado, de rodillas. Todos se secan el sudor con sus toallas. Y así se termina la comedia.

 

Nick Cave and the Bad Seeds, Beacon Theater, Nueva York, 14 de junio de 2017.

 

 

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