TEATRO

Diarios del odio

Roberto Jacoby / Syd Krochmalny / Silvio Lang

Ariel Schettini

Si las perspectivas desde las que se puede hablar de la puesta en escena de Diarios del odio, de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny, son tan plurales, es porque se trata de una obra que interpela a los espectadores de un modo poderoso. Por supuesto que la primera lectura sería la militante kirchnerista, que muestra la herida doliente de un proceso histórico y sus contradicciones, sus víctimas, sus héroes y sus mártires. Pero la obra tiene aún más posibilidades.

Se trata de la transcripción “poética” y en forma de “cantos épicos” de las interacciones sangrientas de los lectores de los diarios La Nación y Clarín. De modo que lo que se expone es un trabajo de archivo y selección de material documental, expresivo, testimonial, “real” y verdadero, que entrega al público y a los lectores la urgencia de las conciencias políticas que dominan el mundo de la “opinión”, de lo público y de lo político del presente. La ideología en su estado más descarnado, como ninguna otra tecnología había sido capaz de ponerla en escena.

Es decir, es una serie de discursos procesados por los autores e interpretados por músicos y actores que tratan de dar cuenta de la violencia de los cambios de la opinión pública; sus gestos de intolerancia, la liviandad con la que construyen el espacio del insulto, el modo en el que se apostrofa a otros sin piedad, la seriedad con la que se expresan, la creatividad para definir al otro de alguna manera que lo entumezca, en fin, el “teatro” infame de la violencia del presente en el universo virtual abierto, esponsoreado y promovido por las grandes corporaciones de noticias que se amparan en la “libertad de opiniones” o en el “uso democrático de la palabra” para monopolizar los discursos, sostener esa violencia, construir los espacios de la intimidación pública que permita, finalmente, confirmar en las conciencias del mismo público participante que ese espacio es una zona degradada, y expulsarla como hacemos con la basura, con los materiales tóxicos, con la ruina de la producción industrial.

Para eso se ha creado un ser que está entre la conciencia y el cuerpo; último avatar de la experiencia de la subjetividad moderna y de la personalidad civil; después del hombre (secular), de la persona (moral), del dandi (capitalista), del ciudadano (político): el troll. Personaje mísero de la voracidad política y de la puesta en escena de un universo al mismo tiempo prefoucaultiano (por lo oscuro de su perversión maquiavélica) y posfoucaultiano (por lo transparente de sus intereses y la localización de sus propósitos: ¿son reales o ficticios?; ¿son humanos o robots?; ¿es empleado o cuentapropista?; ¿es esto lo postorgánico del pensamiento?).

La puesta en escena de Silvio Lang en el Centro Cultural Paco Urondo —donde se presentó en mayo de este año; antes se había estrenado en el Centro Cultural de la Universidad Nacional de General Sarmiento— tenía todos los gestos de lo masificado en estado de amasijo. El público estaba enfrentado en dos grupos, en medio de los cuales “desfilaba” un grupo de cuerpos indiferenciados, pegoteados, con talante de pogo, que iban armando y desarmando las figuras plásticas del odio. Mientras, en una especie de “altar”, los cantantes celebraban las letras de una misa trágica. Es decir, se trata de poner en estado de experiencia una motivación física, corporal y material de enunciados que se hicieron posibles sólo bajo la condición sine qua non de ocultar el cuerpo de quien pronuncia el discurso. Todo ello organizado de acuerdo con la lógica que imponen los medios y las instituciones democráticas en este siglo, de acuerdo con las cuales no se podría interactuar sino bajo la lógica de la hinchada de fútbol (sus subterfugios emotivos, sus transacciones oscuras de dinero, sus flujos de cuerpos, pasiones e intereses).

Como en una nueva “Refalosa”, los personajes intercambian insultos, definiciones, amenazas y todo tipo de munición verbal con el objetivo de amedrentar, neutralizar o directamente descartar de la sociedad a su objeto. Nada más preciso para mostrarnos de manera flagrante la barbarie del presente que este concierto para troll y orquesta.

 

Diarios del odio, de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny, dramaturgia y dirección de Silvio Lang, Centro Cultural Caras y Caretas, Buenos Aires.

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