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Niños: juegan al béisbol, viajan en la plataforma entre los vagones del metro, roban en las tiendas, se insultan, se golpean, comparten secretos. Niños “de todo tipo, niños de todo tipo de hogares. Expulsados de sus casas, de sus apartamentos, de sus bloques, para ocupar las calles, andar de un lado para otro desde los portales a sus colegios, para llevar a cabo sus legendarias infancias de los años setenta sin supervisión en una ciudad ligeramente peligrosa y sin vigilancia, la ciudad envuelta en llamas inextinguibles”. Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) fue uno de esos niños, y su “novela criminal” —la decimotercera hasta la fecha— habla de todos ellos, ocupándose de paso de una infancia que quienes no hayan vivido creerán exagerada: calles vacías y padres que estaban en algún otro lugar persiguiendo algo que no encontrarían nunca, pandillas, parques, encuentros algo fortuitos en los que las cosas cambiaban de manos con facilidad, exageraciones y medias verdades que circulaban sin ningún tipo de ratificación pero tampoco de desmentida, asaltos, desafíos, crímenes, una cantidad de libertad desconocida para nadie que haya crecido en otro lugar, en otro momento.
Una simple convención gramatical —además del deseo de tener algo que sea nuestro, solo nuestro— nos hace creer, en un momento u otro de nuestra vida, que “somos de” algún lugar, que “tenemos” un barrio. Lethem es de Brooklyn, o Brooklyn es suyo, y lo que el autor de The Ecstasy of Influence y otros libros hace por él es parecido a lo que John Dos Passos hizo por cierta isla en Manhattan Transfer: delimitar un territorio tanto real como imaginario en el que un narrador sin nombre se desplaza contando historias que pueden ser la ...
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