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En su tesis La estética del hambre (1965), el director brasileño Glauber Rocha sostuvo que la situación del cine latinoamericano frente al mundo se reducía a elaborar mentiras como verdades mediante exotismos formales que vulgarizaban problemas sociales. Para el espectador europeo, advertía, las obras provenientes de países subdesarrollados resultaban interesantes solo en la medida en que satisfacían su nostalgia por el primitivismo. “Así, mientras América Latina lamenta sus miserias generales, el interlocutor extranjero cultiva el gusto de esta miseria, no como un síntoma trágico, sino solamente como dato formal en su campo de interés”, sentenció.
A partir de mediados de los años ochenta, con las dictaduras latinoamericanas ya depuestas o en retirada, el cine de la región comenzó a consolidar otra sensibilidad dominante: una estética del dolor. Numerosas películas abordaron el trauma del autoritarismo militar desde la exposición emocional de sus víctimas. Fueron obras necesarias para poner en palabras e imágenes un pasado reciente todavía abierto, pero con el tiempo fijaron una gramática reconocible del sufrimiento que también encontró su lugar en el circuito internacional de festivales. En sentido análogo al que proponía Rocha, América Latina cultivó el gusto extranjero por saborear su más profundo e íntimo dolor y el resultado se vio plasmado en más de una temporada de premios.
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