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En El mal de la taiga, novela breve e intensa, Cristina Rivera Garza cuenta una historia que mezcla el policial con pinceladas del género fantástico, y que oscila entre la realidad y la ensoñación. Todo parte de un caso, el de los locos de la taiga, y de un deseo: querer entender. La taiga, bosque espeso e inmenso de coníferas altas, donde la soledad abruma y la realidad se distorsiona, es el escenario del caso y el portador del “mal”. La protagonista de la novela, la detective que va hasta la taiga para saber, para entender, es una escritora de novelas negras. Con ella se establece el juego de la escritura dentro de la escritura y se plantean interrogantes y temas relacionados con el oficio: cómo relatar los hechos (“contar las cosas como tiemblan todavía, ahora mismo, en la imaginación”), la relación entre realidad e imaginación (“es difícil describir lo que no se puede imaginar”), el lugar de la fantasía.
La estructura de la narración es fragmentaria, con planos y tiempos que van y vienen, producto de la mezcla entre contar, recordar y escribir. ¿Sucedió en realidad lo que cuenta la detective? ¿Lo vivió? ¿Lo imaginó? La prosa se balancea entre el ejercicio de memoria de la protagonista, el intento por tratar de ordenar los hechos, el relato de la historia, el reporte del caso y el diario íntimo (“el resumen de todas las cosas”). Y en una vuelta más de la espiral, leemos el contrapunteo entre el diario de la detective y el de la mujer que escapó a la taiga.
De esta autora mexicana atrapan su empeño formal y su escritura, limpia y precisa, que atesora el ritmo y se apoya en los silencios y en las repeticiones. La narración está acompañada por dibujos al carboncillo de Carlos Maiques que articulan un precioso diálogo con el relato, y tiene una playlist a modo de banda sonora del libro.
En El mal de la taiga el lector queda prendado por una mezcla de misterio, imaginación y fantasía, por la invitación a un viaje hacia regiones desconocidas.
Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga, Tusquets, 2012, 121 págs.
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