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Puertas adentro de su casa, durante dos largos años, Catalina Oz emprendió un viaje inmóvil para dar forma a una serie de obras hechas en cerámica esmaltada que componen pequeñas escenografías idílicas. Se trata de un imaginario de entornos pastoriles donde muchachas jóvenes pasean despreocupadamente rodeadas de perros, flores, canastas y moños. Hechas en tamaño miniatura, obligan al espectador a acercar la cara para poder mirarlas en detalle: lejos de tener un rol secundario, los adornos y accesorios son el centro de cada composición. Por ejemplo, en “Comienzo de temporada” dos mujeres o niñas, no se descifran bien sus edades, se miran con complicidad a los ojos mientras sostienen entre ellas una enorme canasta con flores secas. En “Cabeza de novia”, una muchacha cubre un vestido amarillo escocés con un delantal floreado y de su brazo cuelga una canasta con manzanas que deja caer distraída mientras se toca el pelo. No llegamos a comprender qué mira. Hay algo de su gestualidad que permanece indescifrable o propone una ambivalencia. Esto ocurre en varias de las piezas, como en la mujer-niña que lleva dos baldes de agua sobre su espalda (¿está cansada, concentrada, triste o feliz?). El esmaltado sutil hace que sus rostros estén apenas esbozados, aunque siempre se destacan los labios rojos, las mejillas coloradas. El paisaje también apenas se insinúa mediante fragmentos de pasto que se recortan bajo los pies de las retratadas. En vez de darles un marco que continúe la representación, por el contrario, las exhibe haciendo hincapié en su materialidad más literal: como adornos de cerámica.
Tanto su estética como su materialidad remiten a las porcelanas que había visto de chica, según cuenta la artista, en la repisa de una de sus abuelas, pero también a los diarios íntimos, a los papeles de carta perfumados y a aquellos dibujos de trazos suaves, colores pastel y estética naíf que marcaron la infancia y la subjetividad de una época: Frutillitas, Barbi Sargent, Holly Hobbie y Sarah Kay con sus ilustraciones de niñas que jugaban, se entregaban a trabajos domésticos, al cuidado del otro o a ciertas actividades artísticas. Podría proponerse un paralelismo entre El mundo feliz de Sarah Kay, que aparece en la Argentina en plena dictadura militar, y Un mundo feliz de Aldous Huxley, ya que este último describe un régimen utópico donde la humanidad es permanentemente feliz a costa de perder la libertad. ¿Qué hay detrás de estas apariencias? Sin embargo, no todo es sumisión en el imaginario pastoril, también hay rebeldía y enfrentamiento a normas sociales conservadoras, como en la novela Ana de las praderas, de Lucy Montgomery, o en Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Es notable cómo en todas estas ficciones se establece un vínculo estrecho entre el género y el paisaje. La idea de pradera dista de nuestra pampa y el mito gauchesco; es, por el contrario, un locus amoenus por fuera de los límites de la ciudad y de nuestro país. Las praderas son indefectiblemente inglesas, canadienses, californianas. Y por ellas las protagonistas lucen sus prendas escocesas, adornos rococó y accesorios de mimbre. Es el “allá lejos y hace tiempo” con el que comenzaban los cuentos que nos leían para hacernos dormir. Eran épocas más simples —podríamos pensar que imagina la artista—, signadas por la importancia de los vínculos afectivos, la relación con la naturaleza y, sobre todo, por la belleza ornamental. Tal vez sea una forma de negar la muerte de un presente pandémico sustituyendo el imaginario que se construye en torno de sí por los de un tiempo pretérito. Encerrada, Catalina Oz dio forma con sus manos a la fantasía a través de un material que le permitió entrar en contacto con un pasado idealizado y con esa estética de escenarios hermosos, paisajes inabarcables y vestidos abultados. Una estrategia simbólica de supervivencia personal en tiempos trágicos. Ante la adversidad sombría brillan, diáfanas, la amistad y la felicidad. Ya lo dice el título de la exhibición: su refugio está del lado de las aguas luminosas.
Catalina Oz, Del lado de las aguas luminosas, curaduría de Patricia Rizzo, Constitución Galería, Buenos Aires, 23 de octubre – 18 de diciembre de 2021.
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