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“En esta educación sentimental faltaba un dato. Faltaba un gato / erótico y un pato / que venía por los eucaliptus / a buscar sus migas”, dice un poema de Mónica Sifrim, de Novela familiar, un libro de 1990 que se recoge entero en esta antología. Se puede leer como cifra de su poética, una búsqueda incansable entre esos elementos: la marca de lo sentimental como una versión irónico-pop de lo que la poesía es, pero sobre todo la poesía de las mujeres y el interés de las mujeres; el descubrimiento de una erótica, potente, disruptiva, bajo la falacia sentimental; y el humor, lo que renguea, como ese pato que culmina la asociación entre el dato, el gato y el pato.
Podría decirse también una búsqueda de ese dato faltante (nada es como te dijeron que iba a ser, sino inmensamente más deceptivo, y al mismo tiempo no, al mismo tiempo hay otra cosa), si no fuera porque la poesía viene a ocupar el lugar de ese dato mismo. La poesía entonces busca entre lo dicho (frases hechas, ideas dadas, como la de la familia, el amor, el cuerpo) lo que no se dijo, y se construye como una mezcla de voces, sintagmas, giros y niveles lingüísticos variados que se yuxtaponen, se responden, se desdicen. No hay certezas ni lecciones, hay sobre todo rodeos, preguntas y una libertad que va desde el verso casi prosaico al verso brevísimo en los distintos textos. Esto es lo que hay donde antes había elocución: un corrimiento de la frase, de la propiedad hacia la apropiación, una interrogación y dislocación de la tradición. “Eso que ves, engaño colorido / Cómo la carne / se transparenta y saca a relucir / El esqueleto antaño / colorido. Eso que sos”: por el prisma del cuerpo, de la pregunta que aparece a veces acerca de lo que es ser una hija, ser una mujer, los puntos de vista habituales se dislocan, se rompen en pedacitos, y sus esquirlas brillan en los versos y “la música está / rota en pedacitos”.
Porque si las grandes esperanzas te engullen, si el café con leche que se derrama arruina las zapatillas de raso, propone la vía del cangrejo, el avance al través, “de un corazón trabado / en la derrota”, para construir una poética desprejuiciada que puede ir desde la alusión a un subgénero histórico a la incrustación de coloquialismos, pasando por la cita oblicua. Hay seriedad y hay risa al mismo tiempo en estas operaciones casi quirúrgicas con las palabras y las frases, una especie de, se diría y si vale el oxímoron, carnaval finamente controlado, una burla no de carcajada sino de estupor e ironía. No hay un solo estilo, varía de libro a libro, porque la materia verbal se acomoda en cada caso a sus indagaciones y preocupaciones, para acoger las hablas, entre las cuales una vida, que es pensamiento, imaginación, imágenes en torbellino, se deja ver, para después ocultarse o transformarse: “vamos / a la fiesta envueltos en mortaja con hendiduras para ver / Si todavía se nos reconoce // Es una fiesta de disfraces”.
La dimisión del yo unificado es su potencia, es lo que aleja de lo sentimental y apuesta a una erótica del lenguaje, es también lo que le permite disfrutar del recorrido de su escritura, acompañado y acompasado por el prólogo de Valeria Melchiorre y la entrevista de María Malusardi, porque “a la poesía le incumbe todo”, y está ahí para abrir los sentidos, incluso o sobre todo, de lo que resulta enigmático.
Mónica Sifrim, Licor de mandarinas, selección y prólogo de Valeria Melchiorre, entrevista de María Malusardi, Miño y Dávila, 2024, 156 págs.
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