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A pocos meses de la muerte de Michael Jackson, el blogger (alias K-Punk) y ensayista inglés Mark Fisher convocó a figuras de la crítica del rock y del arte, aparte de un novelista (Ken Hollings), para que escribieran sobre el Rey del Pop. El libro de veinticuatro ensayos, que se llamó The Resistible Demise of Michael Jackson, sorprendió por su capacidad analítica e interpretativa ante un hecho tan inmediato. Como el mismo Fisher lo advierte, la compilación debería funcionar además como homenaje a un género que parece en decadencia (allá; acá existió poco y nada): la crítica de rock/pop. Se trata de artículos lúcidos e iluminadores, con los reflejos del periodismo y la reflexión del ensayo, que superan la burocrática “necrológica” y el tributo cargado de piedad.
Con justicia, a cinco años del titánico trabajo de edición que se tomó Fisher, la editorial argentina Caja Negra tradujo al español diecinueve de los veinticuatro artículos, agregándoles un modesto análisis de Simon Reynolds titulado “Ambición”. Como ya lo demostrara con la publicación del excepcional estudio sobre música disco de Peter Shapiro, Caja Negra hace su aporte a la crítica pop en español a contrapelo: por lo menos en la Argentina, ni la disco ni Jackson fueron considerados por el periodismo musical algo más que una moda, un pasatiempo de la industria cultural, audio para fiesta o soundtrack de la dictadura. Por eso, impulsar el disfrute y el estudio de la disco y el “jacksonismo” es un objetivo que también supone el de subvertir la doxa rockera nac & pop, que nunca parece haberse recuperado del tomatazo a Travolta.
Como lo prueba David Stubbs, lo “monstruoso” de Maicol fue forcluido en la percepción de sus fans, debido a su enceguecedora ubicuidad (de eso se ocupa el sociólogo Jeremy Gilbert). Si no, ¿de qué otra forma entender el calificativo “bizarro” al referirse a su retorno como holograma hace unos meses? ¿Alguna vez no fue bizarro, alguna vez no fue un holograma? Alguien tenía que hacerlo: Gilbert ratifica al Jackson de los noventa como máximo ejemplo del “simulacro” baudrillardiano. “Está mejor así, como fantasma. ¿Al fin y al cabo no es eso lo que era para nosotros?”, pregunta Ian Penman.
Michael precursor de Obama y Beyoncé; un mutante omnipotente que sólo emulan los Transformers; cómo ya en 1983 encarnaba nuestro “devenir digital” de hoy; “Billie Jean” en tanto versión pop de “Misery”; “Thriller” analizado como influencia máxima de Bollywood; Michael ejemplo máximo de cyborg: son estos algunos de los hashtags que recorren la antología. Se destacan las “Notas para un exorcismo ritual del rey muerto”, porque Ian Penman no dilapida procedimientos “experimentales” para mostrarse “literario”, sino que los usa para argumentar y afectar al lector; y también “El niño que iba a volar: Michael Jackson”, un texto de Barney Hoskyns escrito en 1983 para el periódico NME, que enseña a escribir sobre un músico sin necesidad de reportearlo —o sea: extenderle el micrófono a su egocentrismo—, y, sobre todo, sin abusar del subjetivismo impresionista. Pero me detendría en “La utopía del pop: la promesa y la decepción de Michael Jackson”, el excepcional ensayo del filósofo Steven Shaviro. Shaviro devela el racismo inherente a la condena de Jackson que hiciera Greil Marcus, cuya intención explícita era favorecer el supuesto “antimarketing” situacionista de Presley/Beatles/Pistols. Su argumentación contra la “mitología blanca” marcusiana es antológica, sirve para barrer/borrar tanto rastro de carmín que ha manchado hasta la calle Puán, erigiendo una doxa rockista, donde el punk se erige como clímax terminal, imponiendo nostalgia por una “revolución” que ya es hora de revisar.
Mark Fisher (ed.), Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma, traducción de Cecilia Pavón, Caja Negra, 2014, 260 págs.
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