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El pacto autorreferencial que firmaron los cantautores a partir de los años sesenta produjo un cambio copernicano en las leyes de la canción popular. Nada volvió a ser como antes; la ficción del intérprete/autor en primera persona —y más aún en la segunda gramatical, ese apostrofe que le canta piedra libre a todos los oyentes, uno por uno— fue tan poderosa, tan convincente, que ya no hubo mucho espacio para el arte del cantante sin obra propia, salvo que el oficiante inscribiera su destino en algún género tradicional, allí donde una buena gola al servicio de un buen repertorio siempre encontró aplausos. En materia de canción moderna, detrás de todo intérprete se agazapó un autor. El nuevo juglar como principal narrador de la experiencia joven opacó aquella vieja costumbre de ponerles voz a canciones de otros.
Con su notable primer disco, la cantante (editora de libros en otro horario de su vida) Gaby Comte no solo suma argumento a la defensa del debut demorado, sino que se alista en las filas de quienes siguen creyendo en la interpretación “pura”, esa felicidad que produce cantar músicas y textos que nacieron por su cuenta mas no fortuitamente. A partir de su alianza perfecta con el pianista y arreglador Claudio Cardone —la cadencia barroca con la que inicia “Te hablo” obliga de entrada a desechar cualquier plan de escucha distraída de lo que se viene—, Comte ensambla en Un rosario una selección de canciones tenuemente tristes, jamás enfáticas, situadas mayoritariamente en los márgenes de las categorías genéricas. Exceptuando la zamba de Raúl Carnota “Hay un camino” y el bolero de Álvaro Carrillo “Seguiré mi viaje”, el material podría ser definido austeramente como de balada urbana, si bien los nombres de Adrián Abonizio (“Te hablo” y “Violeta”), Lucas Martí (“Rasante oscuridad”) y Gabo Ferro (“Lo que te da terror”) reclaman su primera identidad en el incontinente territorio del rock argentino.
En una sonoridad de cámara que busca un efecto de continuidad —el disco todo es un precioso recital a media luz—, tres temas destacan de modo evidente. Por un lado, la desoladora “Alas blancas”, una canción del gran Hugo Fattoruso y Alejandra Volpi que, con su aire de Satie en la música y quizá alguna huella de Manzi en la letra, prueba diferentes metáforas de la ansiedad amorosa: “De este cielo estrellado que no me abriga / busco por todas partes tu ausencia torpe, / duermo de ojos abiertos para encontrarte / callo todas mis penas y estoy quebrada”. Por otra parte, el vals “El presagio” de Jorge Fandermole —el rosarino también canta como único invitado vocal en “Alas blancas”— impone otra duración y otra densidad poética. Y otro tanto sucede con “Ven vení”, un tema de Spinetta poco conocido —si acaso eso fuera posible—, que en las manos de Cardone, y con el agregado vocal de María Ezquiaga, se desprende levemente de la sonoridad más “natural” del resto del álbum.
Comte canta su selección con calidez musical, convicción literaria —le cabe a su oficio— y una precisión de naturaleza instrumental que expurga el menor atisbo de afectación. Sin la jactancia de la versión rara —sólo puede enrarecerse lo muy conocido—, Un rosario logra sustituir el aura del original por la magia de una noble interpretación.
Gaby Comte, Un rosario, Club l66, 2017.
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