En los intersticios de la cultura. Sobre Mauricio Poblete, La Chola

“Tiene un coraje moral tan extraordinario que creí que llegaría a ser algún día el Rousseau de Irlanda”, comenta Stanislaus Joyce en My Brother’s Keeper y podemos afirmar que no lo decía en vano puesto que James, con quien tuvo una relación harto compleja, vio desde la lejana Trieste cómo su libro de relatos (“un capítulo de la historia moral de mi país”) iba transformándolo en un retratista polémico y outsider; lugar que sin dudas compartió con el filósofo suizo más de una vez. Quizá este sea el momento adecuado para analizar aquellos escritos que sentaron las bases de la que terminó siendo su condición definitiva.
A través de un estilo sereno, Joyce nos conduce al corazón de las costumbres de sus coterráneos, dejando entrever que, tanto en el paseo de unos jóvenes por diversas zonas de la ciudad como en el seno mismo de un hogar, anida una intención malsana que coquetea con el unheimlich, es decir, con lo ominoso, con la cosa terrible: un padre puede desear deshacerse de un bebé que condiciona su matrimonio o un anciano puede intentar sobrepasarse con un menor, pero al final esto no sucede y queda un resto elidido gracias a una fuerza retroactiva que por un lado reprime y por el otro libera (por caso, cuando el joven del relato “Un encuentro” grita “¡Murphy!” a viva voz). En otros episodios, como en “Arabia”, el cúmulo de tensión que va generando la historia termina en un estadio trunco, casi soso, que hace que el personaje se vea envuelto en una estasis pasional.
La incursión de Joyce en el plano literario coincidió con bruscos cambios sociopolíticos que llevarían a Irlanda a su independencia definitiva del Reino Unido, aunque el quiebre que interesaba al también autor del Ulises, en verdad, se daba en el plano de la lengua; aún en nuestros días sus fintas lingüísticas, sus cambios de sentido y sus espectaculares abstracciones (el final de “Los muertos”, por ejemplo) nos siguen convocando y eso es lo que al final justifica que sus traducciones se renueven con el correr de los años. Queda en la memoria de los seguidores de Joyce la famosa y florida versión que hizo Cabrera Infante para Alianza; la versión de Edgardo Scott, por su parte, se ocupa de presentar un ritmo más afín a los usos y a los modismos caros al lector rioplatense. En materia de traducción no puede jamás hablarse de superación, sino, en todo caso, de adaptación a las nuevas generaciones de lectores que buscan tener contacto, una vez más, con el desconcertante y facetado mundo del dublinés apátrida James Joyce.
James Joyce, Dublineses, traducción de Edgardo Scott, Godot, 2021, 240 págs.
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