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El último lobo

László Krasznahorkai

OTRAS LITERATURAS

No hay nada misceláneo en cierta miscelánea, nada lateral ni amorfo que le niegue a una producción determinada su lugar testamentario en el conjunto de origen. Nada misceláneo: eso que hace de un desprendimiento algo contingente, una pieza que podría no haber estado, una curiosidad sin mayor ángulo que su exotismo. El último lobo no es una novela miscelánea, aunque lo parezca. Quienes hayan leído Tango satánico (1985) y otros libros relevantes del húngaro László Krasznahorkai distinguirán en esta entrega el mismo clima de decaimiento, el humor diferido, el fraseo inacabable —uno solo: una oración alargada en un único párrafo— y demás elementos que ubicaron a su autor en el plantel actualizado de escritores europeos de fuste.

El último lobo es un libro acotado, eso sí, tan ceñido en extensión como en resonancia. La anécdota, adrede, también es escasa, crónica de un dislate que encubre con solvencia los vestigios de un trabajo por encargo. Surgida de “la futilidad y el desprecio” que lo persiguen como una nube —o tal vez dos—, una invitación pasma a un filósofo de carrera declinante: le piden que visite Extremadura para conocer sus dehesas, sus relieves, sus cuencas, y que al regresar escriba lo que quiera acerca de ellas. El viaje ya ocurrió, el filósofo está contándoselo a un mozo húngaro —como Krasznahorkai— en un bar de mala muerte berlinés, y lo que tuvo lugar en Extremadura, según cómo se lo mire, es poco o es mucho. El protagonista no termina de entenderlo, imprecisión sobre la que se posa la parrafada entera.

Hay un relato sobre la caza del último lobo de la región, el nombre y la dirección del cazador presunto, germen posible de escritura que con viento a favor permitirá resolver el compromiso con la fundación anfitriona. El problema es que el último lobo no existe, que en principio no se puede hablar de un hecho concreto que traiga clausura. La cacería inaugural es la entelequia que la propia cacería emprendida por el filósofo, acompañado de asistentes tan solícitos como inútiles, replica sin lograr ningún éxito a nivel profundo. Hubo más lobos, diezmados también por el tiempo y su instrumental humano, y la revelación de su suerte flota ante el filósofo sin que él atine a extraer un significado definitivo. Para ello es necesaria una traducción de algo que excede a las palabras, y el abismo instaurado entre sujeto y objeto ni siquiera tiende un puente a la salida más correcta, fácil y elegante: la debacle ecosistémica, la pérdida de una fauna, la muerte de una belleza. Ahí duerme, prieta, compactada para caber en envase chico, viva a pesar de todo, la ironía que Krasznahorkai suele escandir en las vastedades sin condicionamientos de una prosa habituada a otra unidad de medida.

 

László Krasznahorkai, El último lobo, traducción de Adan Kovacsics, Sigilo, 2024, 96 págs.

3 Abr, 2025
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