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La capacidad de contar historias es, en el fondo, la de crear mundos. Esta simple premisa puede servir como una suerte de clave para acceder al universo ―o cosmos, podríamos decir― propuesto por La pelea de la carne. La dramaturgia de Alejandro Genes Radawski toma la novela Pornografía, de Witold Gombrowicz, y ofrece una nueva perspectiva sobre el obsesivo juego con la representación del autor polaco, donde la escena, los personajes y el público interactúan en una obstinada tensión que pareciera no encontrar sosiego.
Witold (el personaje) llega a la casa de Hipólito, en la misma Polonia imaginaria descrita por Witold (el autor), acompañado por una presencia invisible que pluraliza sus monólogos constantes. La llegada de la guerra es inminente e Hipólito y su familia intentan mantener algún tipo de normalidad. Algunos ejercen una ignorancia activa y otros esperan pasivamente que la llegada de las fuerzas alemanas rompa su pequeña burbuja, en la que aún es posible hacer alguna de estas dos cosas. Allí, Witold encuentra en la presencia de los adolescentes Ana y Carlos, la hija de Hipólito y un amigo de la familia, una excusa para justificar su propia búsqueda de evadir la guerra, a través de la creación de un caótico juego de manipulación entre los tres que por momentos pareciera poner en duda su cordura. Este extraño triángulo cataliza el resto del relato, en el que actuar sobre los impulsos y los deseos, propios o ajenos, reales o imaginados, se vuelve su propia versión de la fatalidad de existir en el incierto estado de un mundo en guerra.
En La pelea de la carne, el Witold de Luján Bournot se mueve ansioso por el escenario en un monólogo constante, a veces dirigido al público, a veces a sí mismo, a veces a su acompañante invisible, con una verborragia que al mismo tiempo dice demasiado y esconde aún más, ya que por momentos se vuelve desafiante entender a quién se está dirigiendo. Por su parte, el resto del elenco ejerce la compleja tarea de habitar dos personajes, algo que, si bien podría ser una distracción, se integra paulatinamente al ritmo del relato. El trabajo de Milagros Martino como Hipólito fácilmente encuentra y replica la cadencia del texto de Gombrowicz, dándole un peso específico que puede sentirse en cada aparición. Por su parte, Micaela Gaudino y Paulina Aliaga, como Carlos y Ana respectivamente, caminan la fina línea entre la inocencia adolescente y la sutil aquiescencia ante las manipulaciones de Witold. Mientras tanto, Sofía Almuina, en la piel de Timoteo, el trágico prometido de Ana, pareciera existir en un mundo paralelo, al tanto de la realidad del relato y al mismo tiempo completamente incapaz de hacer algo al respecto. El hecho de que estas actrices interpreten a dos personajes puede leerse como algo no solamente práctico ―aunque bien podría serlo―, sino también como otra forma en la que Radawski consigue expresar estos límites entre la dicotomía caos/orden, algo que Bournot también encarna en Witold y hace al universo de la obra. A su vez, la presencia exclusiva de actrices representando estos roles se vuelve otro guiño al carácter a veces andrógino y siempre subversivo de Gombrowicz.
Si bien la prosa de Pornografía presenta un desafío en sí misma, el trabajo de adaptación de Radawski no la minimiza ni la contiene; por el contrario, se vale de todas las herramientas a su disposición para mantener su complejidad. El uso de una cámara de video, a cargo de Iara Portillo, da al público una vía de acercamiento a los personajes a través de la proyección de encuadres específicos y primeros planos, algo que a su vez es posible gracias al trabajo en el diseño de luces de Ricardo Sica. La aparente simpleza del diseño de vestuario de Emilse Benítez, por su parte, invoca de forma inequívoca el espacio y el tiempo en que transcurre el relato.
Aunque tanto esta obra como su inspiración operan en clave de parodia al género de novelas aristocráticas de hace más de un siglo, el trabajo de Radawski visibiliza las tensiones entre la juventud y la madurez, entre la necesidad de ejercer control y la necesidad de ser controlados, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Todo esto permite la entrada del espectador al universo propuesto, y quizás incluso hasta la identificación con alguno de los personajes dentro de estas lógicas de funcionamiento, en una pelea tan reconocible como eterna.
La pelea de la carne, versión libre de Pornografía, de Witold Gombrowicz, dramaturgia y dirección de Alejandro Genes Radawski, Teatro El Portón de Sánchez, Buenos Aires.
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